martes, 21 de mayo de 2013

LOS TRES ZAPADORES


 
El legionario y la Muerte. foto:www.todocoleccion.net

El zapador que cae en la alambrada
salvado ha, a cien que van detrás

Ayer murieron y el eco de la explosión ha agitado mi conciencia, sacándome de mi apatía frente al ordenador. Antonio, Manuel y José Francisco eran zapadores y legionarios y, por si eso fuera poca carta de presentación, también desactivaban explosivos. Los zapadores, para aquellos que no lo sepan, son una “raza” especial. Son, en el combate, la generosidad, el compañerismo, el valor y el servicio hecho soldado.

y sonriendo al cielo acude a su llamada
mientras sobre él, sus tropas ve avanzar.

Yo, humilde infante, ya los admiraba en aquellos primeros temas tácticos de fuego real de mi vida militar. Tras el avance, las compañías de fusiles nos deteníamos en esa última desenfilada antes de las posiciones enemigas. Recuperábamos el resuello, nos reorganizábamos, cambiábamos el último cargador y nos preparábamos para el asalto cuando, cubiertos por el humo, saltaban ellos hacia la alambrada con las pértigas explosivas en la mano. Con la adrenalina de la juventud militar disparada, poco más hacía falta para imaginarles corriendo entre las explosiones y los disparos de unos y otros esmerándose por abrir las brechas en una posición herida pero no vencida. Después, el trallazo atronador y la columna de humo, tierra y restos de alambrada que se levantaba sobre sus cabezas. “Qué grandeza” –pensaba, mientras agarraba con fuerza mi cetme listo para iniciar la carrera y limpiar las posiciones enemigas.

Vuela un fortín, sin que nadie lo impida
nadie sabrá que mano lo minó

Con la vista nublada por el sudor y el esfuerzo los veías a lo lejos, cuerpo a tierra y el brazo al cielo, indicando el camino que llevaba hacia “donde crecen las cruces de hierro[1]”. Cuando alguien me habla de los zapadores, esa es la imagen que viene inmediata a mi mente.

pues entre los cascotes entregó su vida,
vida inmortal del bravo zapador.

Pero los tres suboficiales legionarios que ayer murieron, lo hicieron
Bgda. Antonio Navarro
ejerciendo su especialidad de técnicos en desactivación de explosivos. Los EOD[2], o los TEDAX, como queráis llamarles, se han ganado su merecido prestigio en operaciones. Presentes desde el inicio en todos los teatros, ha sido en Afganistán donde han tenido que emplearse más a fondo. Allí, la amenaza IED está presente desde el momento en que cruzas la barrera de la base y ellos son la garantía que acompaña a cada columna.

Cualquier misión, en brecha o alambrada
la cumplirá con fiera decisión

Bgda. Manuel Velasco
Siempre preparándose, siempre estudiando, siempre jugándosela, hasta en la instrucción, porque ningún IED[3] es igual al anterior y la hora de la verdad no da mucho margen para el error. Cuando le colocas el rodillo al RG-31 para levantar los artefactos de presión, los accionan por radio o teléfono. Cuando pones inhibidores a los vehículos, vuelven al de presión o usan de tracción, o magnéticos, o colocan cargas dirigidas en las cunetas… Y allí siempre están ellos, los EOD, para descubrir la trampa que se oculta tras lo evidente. Para salvar vidas aun a costa de la suya. 

no cesará jamás sin verla realizada
si alienta aún, su noble corazón.

En enero murió en Afganistán el sargento EOD David Fernández, en febrero del año pasado cinco EOD del Ejército de Tierra y la Armada saltaron por los aires mientras se adiestraban en Hoyo de Manzanares. Detrás de la tragedia que suponen todas estas muertes, está, como ya he dicho, una profunda vocación de servicio.

y así al marchar, la frente levantada
siempre tendrá, el bravo zapador

Mis admirados zapadores han muerto en la Base “Álvarez de
Sgto. José Francisco Prieto
Sotomayor”, la base de la Brigada de La Legión, a escasos kilómetros de sus casas. Quizás por ello nos ha impactado un poquito más. Somos de memoria débil y mientras vamos asumiendo las bajas en operaciones hemos querido olvidar que esta queridísima profesión tiene ese lado oscuro. Estos desgraciados accidentes nos recuerdan el factor de riesgo intrínseco al ejercicio de la milicia. Riesgo que hay que minimizar pero nunca rehusar. Instruir, adiestrar, estudiar, preparar y volver a empezar. Esa es la única forma de arrinconar la fatalidad que, aún así, siempre llevamos en la mochila. El salto paracaidista, el tiro, la escalada, el buceo… cuando a estas palabras se le une el adjetivo “militar”, dejan de ser una actividad más o menos lúdica para convertirse en un tema muy serio.

laurel dará al castillo con su invicta espada
gloria será, de España su valor.

Esta semana volveremos a enterrar a tres buenos soldados. Tres legionarios. Y hoy he querido volver a sentarme a escribir para rendir mi pequeño homenaje a ellos, transmitir mi más cariñoso abrazo a sus familiares y amigos, y enviar mi más sincero apoyo a su jefes, compañeros y subordinados de la Legión. Hoy, de nuevo, la sangre de unos soldados se abre paso, limpia, en la pútrida actualidad. Descasad en paz, legionarios. Descansad en paz, zapadores. Descansad en paz, inmortales. Qué así sea.




[1] Diálogo impresionante de la película La Cruz de Hierro, dirigida por Sam Peckinpah, en 1977, y protagonizada por James Coburn, James Mason, Maximilian Schell y David Warner.
[2] EOD: Explosive Ordnance Disposal
[3] IED: Improvised Explosive Device

sábado, 8 de diciembre de 2012

LA INFANTERÍA ES COMO SU PATRONA

La visité todas las noches que dormí en la Academia. Antes de acostarme, pasaba por su capilla en penumbra y me arrodillaba a Su vera. Le daba las gracias por el día pasado y le pedía que me echara un cable en el que entraba. Recuerdo momentos de angustia y de alegría, los ojos fijos en aquella imagen de la Inmaculada. Desde entonces, siempre me ha acompañado en mi vida de infante y nunca me ha dejado de Su mano. Y os aseguro que no se lo he puesto fácil.

Hoy en Kabul ha hecho un día sorprendentemente templado y soleado que ha calentado un poco más nuestros corazones de infantes. Hemos recordado  a nuestra Patrona con una sencilla formación. Homenaje a nuestros muertos e himno de Infantería. Hacía mucho tiempo que no lo cantaba. Es un daño colateral de estar destinado en un Estado Mayor fuera de las unidades, demasiado tiempo ya. No me acordaba de lo que me gusta y de lo orgulloso que me siento de ser infante. Después, unos gazpachos manchegos. 

Pero hoy, como estoy haciendo últimamente para mantener vivo este blog durante mi despliegue, no seré yo quien escriba. Era alférez cadete en Toledo cuando un coronel vino a darnos una de las innumerables conferencias que recibimos en nuestros dos años toledanos. "Otro ladrillaco" -pensamos todos. Pero no, ese coronel nos enganchó desde el primer momento de tal forma que obligamos a nuestro "primeraco" a pedirle el texto de su alocución. 

Era el coronel José María Sánchez de Toca y Catalá, infante, Doctor en Historia y una pluma formidable. Aquí está su discurso, como homenaje a mi Fiel Infantería y humilde agradecimiento a la Inmaculada, mi Patrona y, también, la de España. 

INFANTERÍA es un soldado febril que exige un puesto de primera linea, le pegan tres tiros, pierde una mano y aún le quedan ganas de escribir El Quijote. Se llama Cervantes, pero también podrían contestar a lista como Alonso de Ercilla, Lope de Vega o Calderón.
Es también el Cabo que grita en la alambrada que tiren sobre él porque está rodeado; o el que se queda ciego de una explosión y, ciego y todo, destruye unos carros y rechaza el ataque.
El Sargento legionario que muere en el asalto, y viene a saberse en sus papeles que era Grande de España. O el Brigada que toma el mando de la Compañía batida y aplastada y la saca adelante. El Alférez que pierde los dos brazos, y sostiene la Bandera con los codos; o el Teniente que entra pistola en mano en una cueva a desalojar a un puñado de enemigos armados.

INFANTERÍA es un Capitán al que han dejado cojo de un cañonazo y prepara su Compañía para empresas divinas; el Comandante que acompaña a su General al destierro, aunque ni está obligado ni comparte sus ideas; o el que cuando recibe la orden de retirarse se queda con los oficiales a cubrir la retirada de los soldados y al final solicita: "Fuego sobre nosotros".
La INFANTERÍA es perdonen la insistencia el Teniente Coronel que en la alternativa entre el fusilamiento o dos ascensos se niega a traicionar a los suyos; o el Coronel que no se rinde aunque le fusilen al hijo. El General que planta cara al amo de Europa, o el que replica que la retirada es al cementerio.

Pero estos son la INFANTERÍA excepcional. Mejor aún, la INFANTERÍA que se crece cuando vienen mal dadas. Porque la vida cotidiana de la INFANTERÍA no es heroica; solamente cansada. A veces aburrida y casi nunca triste.
Lo normal es la fatiga, el frío, la mojadura, el sudor. Lo corriente, lo que marca el programa, es que le duelan hasta las botas; la garganta seca y el pulso disparándose en las sienes, un chorro entrecortado de fuego en los pulmones, surcos morados en los hombros. Dormir en la nieve o salir del avión al oscuro silencio del salto nocturno. Trepar interminablemente para volver a bajar hasta que tiemblen las rodillas. Tirarse al suelo sin resuello cada veinte metros. Acarrear una mochila inmensa y una ametralladora, una radio, o el tubo o la placa del mortero. Nunca se sabe qué es peor, si la placa o el tubo; hay opiniones.

Lo ordinario son las horas de guardia esperando que no pase nada, que es lo mejor que puede pasar. La sed. El hambre. Quedarse aterido o abrasarse, o ambas cosas a diferentes horas; y todo ello procurando sonreír y cantar. Y todo eso no agota lo que es la INFANTERÍA.
INFANTERÍA es tratar de hacer bien lo que hay que hacer, aceptando de entrada que puede salir mal, y asombrarse gozoso cuando sale bien. Es esforzarse sin pedir nada a cambio; si acaso un rato de vidilla, porque la INFANTERÍA es humilde hasta para pedir, por no darse importancia. Como el Gobernador de Filipinas que solicitaba razonablemente una Compañía de Infantería española para conquistar China, y no se la dieron porque no la había. Sino, quién sabe cual sería hoy la mayor nación de habla española. INFANTERÍA humilde y necesaria como el pan, que moja en todas las salsas y por Dios que no falte. INFANTERÍA machacada y estrujada como uvas que se hacen vino alegre y suben a la garganta en palabras sencillas: "esto no es nada", "está hecho", "no importa" o "todavía aguanto". Naturalmente, no nos engañemos, la INFANTERÍA reniega, pero sólo lo justo y para que quede claro que es humana.

La INFANTERÍA es mayormente andar, dormir en el suelo y compartirlo todo. Es haber entendido que se vive para los demás; que la vida es una larga marcha hasta llegar al salto de la muerte a la vida; y verlo bien y no tomarlo a la tremenda. Y es que hasta cierto punto (sólo hasta cierto punto, porque somos de barro y Ella es Inmaculada), la INFANTERÍA es como su Patrona; y esta es afirmación que debe esclarecerse:
Probablemente la que dijo: "Hágase en mí según tu palabra" se mire en los que aceptan, obedecen y aguantan. La que arrancó de su Hijo, en un milagro antes de tiempo, seiscientos cuarenta litros de buen vino, es porque le gusta que se beba y se ría. La Hija predilecta del que a Sí mismo se llama Dios de los Ejércitos; a la que compararon a modo de piropo con un Ejército en orden de batalla, no puede ser indiferente a los soldados. La Madre de aquel Hijo andariego que dormía en el suelo y lo compartió todo, puede entender muy bien la vida del infante. Porque se ha de advertir que aunque es Madre de todos, que eso no se discute, hay indicios que apuntan a que la Inmaculada tiene predilecciones.

Placa colocada por el ejército norteamericano en
homenaje a las victimas españolas del Yak en la base
aérea de Manás.
Un encuentro (no diré casual, porque no es fácil apreciar desde aquí lo que hacen ahí arriba); hubo un encuentro, digo, en una situación de vida o muerte en que la INFANTERÍA veía sólo muerte una visión que aclara mucho el orden de valores y el verdadero sentido de las cosas. Un 7 de Diciembre de hace bastantes siglos, la INFANTERÍA tuvo que enterrarse en una isla sitiada por barcos enemigos; cada uno preparaba su tumba en la trinchera que excavaba cuando un soldado cualquiera encontró a la Purísima en el barro. Una imagen lozana como acabada de salir de las manos del artista; y al saberlo, los infantes recordaron el hecho de que la Virgen no abandona a los suyos.

Lo demás ya lo saben; fue el milagro de Empel, que dicen los católicos, o una desafortunada concurrencia de circunstancias insólitas, que dijo el enemigo.
Aquella noche heló y el 8 de Diciembre, el día de la Purísima, la flota huyó y la INFANTERÍA española, hambrienta y aterida, rompió el cerco en dos horas.
Por eso desde entonces, hay una larga historia de amor mutuo. Una historia de amor que hace cien años tuvo el refrendo de una Real Orden nombrándola Patrona oficialmente.
Una historia de amor fácil de contar:
Ella que mira siempre por nosotros.
Nosotros, que la llevamos siempre en la mochila de nuestro corazón.

martes, 2 de octubre de 2012

EL JURAMENTO A LA BANDERA


El día amaneció frío pero, poco a poco, el sol fue calentando la sobria plaza de armas de la Academia General Militar de Zaragoza. Yo, caballero cadete de primer curso, no necesité ese día ayuda del sol para calentar mi agitado corazón. Con los nervios casi infantiles atenazados en mi estómago, tras tres años de preparatoria, la oposición y el primer contacto con la vida militar en el Campamento “María Cristina”, me disponía a jurar bandera. Tenía veintiún años recién cumplidos, los suficientes como para entender la seriedad del compromiso que, como futuro oficial del Ejército de Tierra, estaba a punto de adquirir con mi Patria.
La voz sonó atronadora, casi amenazante, por la megafonía instalada en el patio:

“¡Caballeros Cadetes! ¿Juráis por Dios o por vuestro honor y prometéis a España, besando con unción su Bandera, obedecer y respetar al Rey y a vuestros Jefes, no abandonarles nunca y derramar, si es preciso, en defensa de la soberanía e independencia de la Patria, de su unidad e integridad territorial y del ordenamiento constitucional, hasta la última gota de vuestra sangre?”.

“¡Si, lo juramos!” –respondimos con toda la ilusión y la fuerza del inicio de la carrera puesta en nuestras palabras.

“Si así lo hacéis, la Patria os lo agradecerá y premiará, y si no, mereceréis su desprecio y su castigo, como indignos hijos de ella”.[1]

Aunque casi me la sabía de memoria, oír esta frase en aquel momento me heló de golpe la sangre. Y lo que es peor, su recuerdo me la ha vuelto a helar en varias ocasiones durante mi vida militar. 
Ya apenas escuché al sacerdote decir aquello de: “Ruego a Dios que os ayude a cumplir lo que habéis jurado y prometido” y, sinceramente, todos en aquel patio íbamos a necesitar Su ayuda.



Carboncillo del pintor José Ferre Clauzel. www.alcantara.forogratis.es
Nunca imaginé, ni en la peor de mis pesadillas de cadete, lo que ese juramento me iba a hacer pasar. Nunca imaginé el debate que provocaría en mi interior, la carga de profundidad moral y psicológica que esas palabras llevaban implícitas. En esas primeras pesadillas de soldado, siempre me imaginé luchando y muriendo, en duro combate, contra un enemigo exterior. Combatía feroz contra un ejército, más o menos regular, más o menos organizado. Incluso alguna vez combatí contra bandas terroristas (sí, en mis sueños, al frente de mi sección de “legías”, les dábamos hasta en el cielo de la boca a los jodidos cobardes gudaris de ETA. Tirando de bayoneta, ¡zis-zas!, pero eso sí, sin acritud. Muy profesionales. Acabando con “un cigarrito p’al pecho, por lo bien que lo hemos hecho”, como años después me dirían mis caballeros legionarios de verdad al romper filas). Sí, esas eran mis pesadillas: morir en combate. Y repito, pesadillas, que putas las ganas que tengo de morir. Eran y son las reglas del juego. El posible final que todo militar debe asumir y aceptar, y os aseguro que aquí, en Afganistán, esa posibilidad pasa por tu mente cada vez que sales en coche por la barrera o te montas en un avión o un helicóptero.

Pero no, no estaba preparado para vivir esto. No estaba preparado para un enemigo tan bien posicionado en el panorama nacional. Un enemigo que sería capaz de ponerme contra el paredón, de señalarme con el dedo inquisidor al grito de “¡golpista!” por citar el artículo 8º de la Constitución[2], esa que la mayoría de los españoles nos dimos[3]. Un enemigo que aprovecha los momentos difíciles que estamos pasando para minar aún más los endebles cimientos que nos sostienen. Un enemigo minoritario, falso e hipócrita, pero que con los años ha acumulado el poder suficiente, poder de matón amenazante, para acogotar a toda una Nación. El mismo enemigo, en fin, capaz de acusarnos a los militares de vivir al margen de la Constitución hace unos años, y revolverse ahora rabioso cuando a unos respetables militares retirados, reitero lo de retirados, posiblemente alguno de los que sufrió aquellas acusaciones, se les ocurre decir que debe cumplirse esa misma Constitución. ¡Qué ironía! O, mejor dicho, ¡qué pena!



Pero que nadie se asuste o se rasgue las vestiduras antes de tiempo. No hace falta ser doctor en Derecho para saber que las Fuerzas Armadas, como Institución, no pueden decidir el cómo ni el cuándo tiene que cumplir con su mandato constitucional. El estamento militar, como organización perfectamente imbricada en la sociedad que debe defender e imbuida de los valores democráticos que lleva años defendiendo dentro y fuera de España, seguirá cumpliendo con su trabajo diario, preparados para cumplir cualesquiera que sean las misiones que le asigne el Gobierno de la Nación. Quién tenga dudas sobre este punto, o no ha cambiado de siglo todavía o pertenece a la calaña de mierdas de la que he hablado antes.

Cadete de la AGM. Foto: www.heraldo.es
Pero, ¿qué pasa con el individuo?, ¿qué pasa con mi juramento, con esa última gota de mi sangre? ¿Realmente somos un ciudadano más, un espectador atónito ante lo que está pasando en España? ¿Es el voto nuestra única arma en esta situación? Llevo mucho tiempo haciéndome estas preguntas, más últimamente, como podéis suponer, y la respuesta a la que he llegado es que nuestra acción “extra” no puede más que circunscribirse a la cadena de mando y al servicio. Me guste o no, es eso y los derechos que como ciudadanos conservamos compatibles con nuestra condición militar. Esa parte final de mi juramento, no la inicial, ¡Dios nos libre!, ya me ordenarán cuándo tengo que cumplirla. Así que, igual que cuando llegas a tierra después de saltar en paracaídas, en esos últimos cincuenta metros en los que todo se acelera, sólo queda “apretarse” y esperar. Quizá esté tranquilizando mi conciencia. Quizá no las tenga todas conmigo y por eso he unido la tecla como arma arrojadiza a mi exiguo arsenal. Pero ya lo dijo el director de la misma Academia en la que yo juré bandera cuando le ordenaron su cierre:

“…se deshace la máquina, pero la obra queda; nuestra obra sois vosotros, los 720 oficiales que mañana vais a estar en contacto con los soldados, los que los vais a cuidar y a dirigir, los que, constituyendo un gran núcleo del Ejército profesional, habéis de ser, sin duda, paladines de la lealtad, la caballerosidad, la disciplina, el cumplimiento del deber y el espíritu de sacrificio por la Patria, cualidades todas inherentes al verdadero soldado, entre las que destaca como puesto principal la disciplina, esa excelsa virtud indispensable a la vida de los ejércitos y que estáis obligados a cuidar como la más preciada de vuestras prendas.
¡Disciplina!..., nunca bien definida y comprendida. ¡Disciplina!..., que no encierra mérito cuando la condición del mando nos es grata y llevadera. ¡Disciplina!..., que reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía, o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando. Esta es la disciplina que os inculcamos. Esta es la disciplina que practicamos. Este es el ejemplo que os ofrecemos.
Elevar siempre los pensamientos hacia la Patria y a ella sacrificarle todo, que si cabe opción y libre albedrío al sencillo ciudadano, no la tienen quienes reciben el sagrado depósito de las armas de la nación, y a su servicio han de sacrificar todos sus actos[4]”.

He tratado de tener siempre presentes estas palabras durante mi vida militar, las dedicadas a la disciplina y las referentes al libre albedrío, porque, por mi carácter he sentido, siento, muchas veces esos sentimientos. Disciplina, porque somos los depositarios de las armas de la Nación. Manteniendo en nuestro puesto cabeza tranquila, cuando a nuestro lado todo es cabeza perdida[5]. Sacrificando todos nuestros actos al servicio de la Patria, de la que forman parte todos sus ciudadanos, no al nuestro. ¡Qué grandeza!

Acto a los Caídos en la AGM. Foto: www.defensa.gob.es

Poco espacio nos va dejando la normativa vigente a los militares para siquiera pensar en cumplir individualmente con nuestro juramento. Incluso esto que estoy escribiendo aquí se acerca peligrosamente a esa delgada línea roja que cada vez ciñe más nuestra libertad de expresión. Pero desde la distancia, desde Afganistán, donde campan extremismos étnicos y religiosos primos-hermanos de los que sufrimos allí, quiero dejar claro mi compromiso con la Patria y la vigencia, con toda su problemática, de lo que una mañana soleada juré por Dios en Zaragoza.
Sin complejos y sin miedo, porque no soy yo quien debe tenerlo.



[1] Hablar de las versiones del juramento a la Bandera daría para escribir un libro. Sólo diré que esta es la versión con la que yo juré, publicada como Ley 79/1980, de 24 de diciembre, con un artículo único. Fue sustituida por la contenida en la Ley 17/1999, de 18 de mayo, de Régimen del personal de las Fuerzas Armadas, que decía así: “¡Soldados! ¿Juráis por Dios o prometéis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente vuestras obligaciones militares, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, obedecer y respetar al Rey y a vuestros jefes, no abandonarlos nunca y, si preciso fuera, entregar vuestra vida en defensa de España?”. Los soldados contestan: “¡Sí, lo hacemos!”. Y aún hubo un cambio más, la versión actual, contenida en la Ley 39/2007, de 19 de noviembre, de la carrera militar. Sí, lo habéis adivinado, Dios, como que sobra: “¡Soldados! ¿Juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente vuestras obligaciones militares, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, obedecer y respetar al Rey y a vuestros jefes, no abandonarlos nunca y, si preciso fuera, entregar vuestra vida en defensa de España?”. Los soldados contestan: “¡Sí, lo hacemos!”.
[2] El artículo 8º de la Constitución dice, simplemente, lo siguiente: “Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”.
[3] Recuerdo los resultados de aquel 6 de diciembre de 1978: El Proyecto fue aprobado por el 87,87% de votantes que representaba el 58,97% del censo electoral, con una participación del 67,11%. Pero lo curioso es que el porcentaje de voto afirmativo fue del 69,12% en las Vascongadas y un 90,46% en Cataluña. Alguien debería reflexionar sobre qué hemos hecho mal durante este tiempo, porque pensar que ahora se repetiría el mismo resultado es un poco ilusorio. (Datos: www.congreso.es)
[4] 14 de junio de 1931. Discurso de Francisco Franco Bahamonde, director de la Academia General Militar con motivo de su cierre.
[5] Inspirado en el “Si…”, de Rudyard Kipling.