lunes, 17 de marzo de 2025

PRESENTACIÓN

Todo infante ha cavado alguna vez una trinchera con sus propias manos. En la nieve; en el desierto; en terrenos pedregosos, donde los picos no duran diez golpes; bajo la intensa lluvia o un sol abrasador. Pero al final, cuando acomoda su mochila, cuando marca sus sectores de tiro y la pausa le permite apoyar a un lado el fusil y curarse las ampollas, entonces le invade una grata sensación de refugio. Vana ilusión que desaparece cuando vuelve a tomar consciencia de su fragilidad ante lo que le rodea.
Pero como nuestros Tercios en la iglesia de Empel, cuando todo parece perdido ocurre el Milagro. Igual que aquel infante, me aferro a mi Inmaculada, con las botas hundidas en el barro hasta la caña, empapado y hambriento, procuro no tiritar para evitar que parezca que tengo miedo. Miro afuera y veo negros nubarrones, igual que el buen soldado del Tercio veía los buques y las formaciones del Conde de Holac hace 426 años. Veo a don Francisco de Arias de Bobadilla diciéndome: “los españoles prefieren la muerte a la deshonra”; y yo sólo espero poder romper el cerco…, y vivir para contarlo.

martes, 30 de agosto de 2016

ESPAÑOLES EN IRAK. ADIESTRANDO A LA BRIGADA 72.


He tenido el honor y la responsabilidad de participar en la tercera rotación de la misión Inherent Resolve –Alfa/India en nomenclatura española– en Irak, como jefe del Equipo de Adiestradores de Brigada. Nuestra misión se puede resumir en una sencilla frase: Instruir y adiestrar a las unidades del Ejército Iraquí para que afronten la lucha contra el Daesh en las mejores condiciones posibles. ¡Y qué misión! Alguna vez, la justificación de la presencia de las Fuerzas Armadas en un escenario puede ser complicada de entender para el español medio. Por ejemplo, mientras Bosnia-Herzegovina o Kosovo podían ser socialmente asumibles por la proximidad geográfica, la implicación en Afganistán o El Líbano escapaba muchas veces a la comprensión del que leía la noticia de la muerte de un cabo en la posición 428 en Ghayar o escuchaba que un Improvised Explosive Device (IED, Artefacto Explosivo Improvisado) había arrancado las piernas a un teniente y su soldado conductora a unos kilómetros de Ludina. Pero en Irak, como en Mali o Centroáfrica, la lucha militar[1] contra el Daesh y sus franquicias la entiende casi todo el mundo. Porque el Daesh está matando en Paris, Niza, Londres o Bruselas y no lo ha hecho todavía en España porque nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son la releche. Y recalco, desgraciadamente, el “todavía”. ¡Es tan difícil prever dónde matará un descerebrado que no tiene nada que perder!




Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah.
Pero, sobre todo, les están matando a ellos. A los iraquíes y a los sirios. Y los occidentales no nos enteramos (o no nos queremos enterar) ni de la mitad de lo que allí pasa. Y os aseguro que la crueldad de las ejecuciones del Daesh no la había visto en ningún otro escenario. Por eso estoy tan orgulloso de esta misión. De haber estado allí, con ellos. De haber puesto el granito de arena hispano en su lucha allí, que repercute también en la nuestra aquí. “Un soldado no vive mucho en Irak” nos decía el comandante de la compañía Ranger de la Brigada 35… Y es verdad que había mucha “carne picada” –carne de cañón, para ser menos gráfico–, mucho soldado que tenía todas las papeletas para caer en el instante que asomara los morros en Faluyah, Ramadi o Mosul, pero como repetí hasta la saciedad a los mandos iraquíes que conocí, “si con nuestro trabajo somos capaces de salvar la vida aunque sea a uno más de tu hombres, sólo eso ya supondrá una satisfacción y nuestro esfuerzo estará bien empleado”. Aumentar su supervivencia y su letalidad en el tiempo disponible. Así de simple… ¡y así de duro!


El artículo que aparece a continuación lo escribí, cruzado ya el ecuador de la misión, para la revista del regimiento “Saboya”. Ahora lo cuelgo aquí para dar a conocer un poco más lo que los soldados españoles hacemos a unos miles de kilómetros de casa. Allí pasamos la Navidad. Allí sudamos algo más que la camiseta convencidos de la utilidad de nuestra misión. De las tres brigadas que instruimos la tercera rotación de A/I, el artículo se centra en la 72 Brigada del Ejército Iraquí. La primera y la que más tiempo estuvo con nosotros. Son nuestros chicos de la 72 y este artículo va por ellos. Y que Alá les proteja.

Lanzamiento de manguera explosiva MICLIC en uno de los temas de fuego real de la Brigada 72. Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah.

 No es fácil resumir en unas cuantas líneas lo que han sido dos meses intensos de instrucción y adiestramiento de la brigada 72 del Ejército Iraquí. Intensidad hasta en nuestra toma de contacto, en la que los instructores, todavía con la imagen de la despedida en la retina, entraron a “frotamiento duro” en el adiestramiento de los “yundis[1]. No hay tiempo para "aclimatarse" en estas misiones. La 72 brigada no era una unidad recién llegada. Llevaban ya un mes largo de instrucción y el buen trabajo del contingente A/I-II estaba dando sus frutos. Lo previsto –y ahí empezamos a descubrir que hablar de previsiones en Irak es como fiarte del horóscopo de una revista del corazón– era que en dos semanas terminasen su adiestramiento con un gran ejercicio de batallón, denominado Combined Arms Breaching Exercise (CABEX, Ejercicio Interarmas de Apertura de Brechas).
Así, sin prisa pero sin pausa, empezamos a trabajar. Sin hacer mucho ruido, con tanta modestia de recién llegados como ganas de hacer un buen trabajo, conscientes de la responsabilidad de representar a España, en general, y a la Brigada de Infantería Mecanizada “Extremadura” XI en la apertura de este teatro para las Fuerzas Pesadas, en nuestro ámbito terrestre. La brigada 72 estaba dividida en tres batallones de Infantería con tres compañías de fusiles –dos de ellas ligeras –sobre camión en el mejor de los casos– y una tercera dotada con el Mine-Resistant Ambush Protected (MRAP) MaxPro norteamericano–, una sección de reconocimiento con vehículos Hummer – “Hummvies” que llaman los americanos–, y una sección con tres morteros de 81 mm. Estas eran las unidades que veníamos preparados para instruir: Tres batallones para tres Equipos de Batallón Polivalente (EBP) con instructores de Infantería y Artillería. Pero de nuevo, empezamos a descubrir lo que se ha convertido en el lema de la Agrupación: “Nada es fácil en Besmayah”. Así, teníamos que instruir también a una compañía Ranger, una sección de protección y una batería de morteros de 120 mm. La verdad es que no tenía muchas opciones: o debilitaba a los EBP sustrayéndoles personal o debilitaba mi Plana Mayor asignando “dobles gorras” a alguno de ellos. Finalmente la solución salomónica que adopté fue que mi capitán logístico S1/S4 y mi teniente de transmisiones S6 instruirían a los 90 “yundis” de la compañía Ranger y la sección de seguridad y mi capitán de operaciones AS3, artillera, con un artillero de cada EBP instruiría a la batería de morteros de 120 mm. No hubo ni una mala cara ni un “pero” en ninguno de ellos ni en sus respectivos jefes. Primer tiempo del saludo, como buenos soldados. Llegaban al mediodía de la instrucción y, por la tarde, les esperaban en su mesa las tareas de “planíferos”. Nunca les podré agradecer lo suficiente esa predisposición que mostraron para sacar adelante una situación delicada.

Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah.
La rutina diaria –si es que aquí se puede hablar de rutina– era, más o menos, así: La hora de levantarse era una decisión individual pero rondaba las 05:30 de la mañana. Es increíble lo bien que los contendores de “Villalatas” –la zona donde vivimos la mayoría de los instructores, denominada así por sus techos de uralita y carpintería de aluminio– guardan el frío. En aquella época, el termómetro que tengo dentro de mi cuarto llegó a marcar los 6ºC. “¡Un poco flojo, mi teniente coronel!” –pensará algún lector. Seguramente tenga razón, pero mi recuerdo es de un fresquito “intenso” al salir del saco de dormir. Quizás sea también un tema psicológico. Cuando te levantas en un iglú o una fosa en la nieve, sales preparado para lo que hay fuera. Aquí, en el semi-desierto iraquí, no esperaba que la temperatura en el interior de mi cuarto fuera apenas unos grados más alta que la exterior. Ahora empieza a pasar lo contrario: la temperatura interior es asfixiantemente más alta que la exterior… ¡Qué bien! Con las legañas puestas, el siempre “agradable” paso por el contenedor de ablución, con su espectro de olores y la incertidumbre, cada vez menor gracias a Dios y a la Unidad de Apoyo de Base (UABA), de si se habría agotado el agua o no. Después, al desayuno. La última estación de esta rutina inicial era cargar los blancos, la munición, el equipo en los vehículos y montar las columnas. En aquellos tiempos, con la puerta principal cerrada por las inundaciones y habilitada una secundaria, la acumulación de MRAPs, camiones, autobuses y pick-ups, por metro cuadrado de barro era un espectáculo. Parecía imposible que los chicos de la Unidad de Protección (UPROT) supieran cuales eran los vehículos de sus columnas y los instructores a que MRAP, español o inglés, tenían que seguir. Los instructores y los “ángeles guardianes” de cada unidad de marcha se reunían en un breve “briefing” de seguridad –briefing “bajo las ruedas” lo denominaban los paracaidistas en similitud al “briefing bajo las alas” de sus saltos. Nosotros, por comodidad, decidimos denominarlo “briefing” sobre las ruedas…–. Acababan las últimas instrucciones y ese caos de gente yendo y viniendo con cajas de munición y blancos, intérpretes, vehículos, voces en español, portugués, inglés y árabe… desaparecía en un par de minutos como por arte de magia. Me gusta verlos marchar por la mañana. Aparte de que considero que es mi obligación de jefe, por si surge algún problema, hablar unos segundos con ellos, darles la mano, un golpe en la espalda o intercambiar una simple sonrisa, refuerza mi convicción de la enorme calidad humana y profesional de los instructores que hemos traído a Besmayah. Me he sentido y me siento orgulloso de ellos cada minuto de esta misión y rezo para que vuelvan todos a casa sin novedad.

De The Punisher se pasó a The
Spanisher... ¡Impresionante!
El punto de encuentro con la unidad iraquí era directamente en los campos de instrucción. Entre las pintas que traían los “yundis” y los “hummvies” “customizados” con planchas de acero, parecían salidos de la versión Bollywood de “Mad Max”… Uno con casco, otro con gorra, el de más allá con gorro de lana… El de un lado con el gorro de lana debajo del casco, y el del otro, incomprensiblemente, había conseguido meterse el  pasamontañas con el casco puesto. Cazadoras de los Bulls, chaquetas, zapatillas de deporte, botas de colores diversos... Mucha parafernalia de air-soft. Muchas calaveras de “The Punisher” pintadas en los cascos, auriculares conectados con la nada, mini-cámaras de plástico… En resumen, un espectáculo.

Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
La primera actividad de la mañana solía ser la educación física. Por supuesto, los instructores iban con pantalón del uniforme, botas y camiseta. La pistola al cinto y unos cuantos fusiles a la espalda. Siempre al lado de los “yundis”. Siempre delante de los “yundis”. La ejemplaridad ha sido una de las grandes bazas de la Unidad de Instructores de Brigada (BDE)-III y estoy seguro que de los anteriores contingentes también. Eso de trotar no les hacía mucha gracia, pero terminaron corriendo más de 30 minutos seguidos. Estiramientos, fuerza y algunos juegos para terminar. Son muy competitivos y así se esforzaban sin tener que tensar la cuerda. Después llegaba la instrucción de combate. Repetir una y otra vez las posiciones, los movimientos, las órdenes. Parecía que de un día para otro olvidasen todo lo aprendido. Vuelta a empezar. Intentar que los capitanes y los jefes de batallón se implicaran en la instrucción. Ahí, la mano izquierda de los instructores, especialmente de los capitanes, hizo milagros. Prácticamente no había suboficiales y dos o tres tenientes en toda la brigada. Las secciones estaban la mayoría mandadas por “yundis” más o menos dotados, por lo que el panorama era bastante complicado en todo lo referente a planeamiento y liderazgo.


Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
El Programa de Instrucción (PoI) tenía dos pilares básicos: Las Tácticas, Técnicas y Procedimientos de aproximación a una población y el combate dentro de un núcleo urbano. Todo iba enfocado a incrementar su letalidad a la vez que se aumentaba igualmente su posibilidad de supervivencia en esos dos escenarios. La Brigada Paracaidista (BRIPAC) creó una sección de zapadores en cada batallón. Las instruían ingenieros británicos y americanos y se especializaron en la apertura de brechas. Es otro de los conceptos que estamos intentando cambiar en esta guerra: Apartar un poco la Contrainsurgencia (COIN) y retomar el combate convencional, en el sentido de que es imposible limpiar cada IED que una unidad encuentra en su avance, cuando el Daesh ha sembrado miles de ellos. Tienen que tratarlos como los campos de minas de la guerra convencional, abrir brechas en ellos y seguir avanzando. Después, en escalones más retrasados, los ingenieros irán limpiado las áreas más importantes. Como ya he dicho, en la instrucción de las unidades de Infantería todo era repetir una y otra vez conceptos básicos. Fuego y movimiento. De binomio, de pelotón y de sección. Protección. Romper el contacto, avanzar por una calle, limpiar un edificio. Defensiva temporal de una posición, reacción contra una emboscada. Y los instructores siempre ahí. Siempre haciéndolo primero. Siempre ejemplares.

Foto: A Cortés. BPC III Besmayah
Aparte del adiestramiento de los tres batallones de Infantería y las secciones de zapadores también estaba la compañía Ranger. Los “malahui”, con un buen capitán al frente y un alférez cuasi-psicópata como jefe de la sección de protección. Aunque por el nombre puede parecer que esta compañía era una unidad de gente escogida, en realidad era todo lo contrario, era la unidad de castigo. Allí iban los malos, los indisciplinados, los enfermos, los viejos, los muy gordos y los demasiado flacos,… Y con todos ellos, unos noventa, un capitán español y un teniente portugués hicieron maravillas. Hicieron que esa galería de los horrores tuviera sentido de unidad. El propio general, que en varias ocasiones habló con desprecio del adiestramiento de su compañía, finalmente reconoció el gran nivel alcanzado (siempre hablando en la escala relativa en la que se movía la brigada 72). Reconozco que les cogí especial cariño.


Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
Además, aparte del trabajo con estas unidades, se impartieron varios cursos específicos para determinadas capacidades. Así, se agrupó a todos los equipos de snipers de la brigada en un curso de dos semanas del que gracias al esfuerzo de sus tres instructores –dos españoles y un portugués– se alcanzó un nivel más que aceptable. Otro curso fue el Explosive Hazard Awareness  Course (EHAT), impartido por los británicos, una especie de C-IED básico dirigido a darles alguna oportunidad más de supervivencia en un entorno plagado de explosivos improvisados. Este curso se daba a todo el personal de la brigada y los más avezados pasaban a realizar dos cursos más específicos: Detect IED, que como su propio nombre indica está enfocado en la detección de IED y “trampas cazabobos”, –booby traps– en inglés, y Defeat IED, que busca dotarles de cierta capacidad de remoción mecánica de esos mismos artefactos.

Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
Por último estaba la batería de morteros de 120 mm, que fue uno de nuestros grandes quebraderos de cabeza. No logramos que los iraquíes trajeran munición para los tubos de 81 mm de los batallones y los veinticinco disparos que hicimos con los de 120 mm fueron casi un milagro. Tubos americanos e iraníes, con munición polaca de origen soviético –de la URSS de toda la vida– y unas tablas de tiro en árabe que perfectamente podían haberlas encontrado en un paquete de Phoskitos. De hecho, el primer disparo fue 900 metros corto… ¡No está mal! El trabajo que hicieron los artilleros con ellos fue magnífico. Aguantaron pacientes y profesionales todas las argucias del jefe del Grupo para “escaquearse” del trabajo o no traer la munición. Con perseverancia y buen hacer fueron capaces de formar al calculador, los observadores avanzados y la línea de piezas. Incluso fueron ellos los que dispararon con la unidad de morteros de la 71 brigada que se adiestraba en la Task Force de Taji. Las limitaciones nacionales de los neozelandeses y australianos les impedían salir de su base para hacer el tiro… Y allí estuvieron los artilleros españoles. En dos días les enseñaron nuestros procedimientos de puntería –que prefirieron a los aprendidos con sus anteriores instructores– y realizaron el tiro con ellos. Vinieron de la División y de la jefatura de Artillería iraquí a verles y, como no podía ser de otra forma, les felicitaron.

Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
Del Combined Joint Force Land Component Command – Iraq (CJFLCC-I, el cuartel general del Mando Componente Terrestre que ellos incompresiblemente pronuncian “siflic”) cada vez llegaba una variación nueva. Las desconexiones que muchas veces existen entre los cuarteles generales y las unidades. Unos en los mundos del Power Point y las grandes estrategias y otros en el puñetero barro. Puedo hablar sin tapujos porque he estado en los dos lados y sé de qué hablo. Ya he comentado la situación prevista cuando llegamos a Besmayah en diciembre y la existencia del famoso ejercicio de fuego real CABEX, a ejecutar por uno de los batallones, con el que finalizaría el adiestramiento. Estábamos empezando a pensar cómo meterle mano a ese ejercicio, que no nos convencía, cuando llegó la ampliación del periodo de instrucción y la primera visita del General Clarke, jefe por entonces del Componente Terrestre. Allí, ya con el pulso tomado a la brigada 72, le dijimos que el nivel alcanzable por la unidad no era batallón, sino compañía. Fue un jarro de agua fría, pero el tiempo nos dio la razón. A cambio, se nos ordenó que todas las compañías de la brigada tendrían que hacer ese ejercicio de fuego real. Además, y eso lo decidimos nosotros porque somos así de “chulos”, todas las compañías realizarían un ejercicio de asalto y limpieza de una zona urbanizada con fogueo y demoliciones reales (el polígono está preparado para poder hacer fuego real y voladuras de puertas y butrones).


Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
Y a ello nos pusimos en esas cuatro semanas. Un trabajo intenso que hacía que los días volasen. Trabajo que, finalmente, cristalizó y fuimos capaces de realizar los 10 ejercicios de fuego real de compañía que incluían fusilería de 5,56 mm. y snipers de 7,62 mm; ametralladoras de 5,56 mm, 7,62 mm y 12,70 mm disparando desde el suelo y desde vehículos MaxPro y Hammer; lanzagranadas de 40 mm y anticarro LAW de 66 mm; humos, granadas de sonido y explosivos para simular la apertura de brechas, además de la que abría el vehículo blindado con pala empujadora (Dozer), que rellenaba un foso y abría el pasillo en un merlón. En tres de estos ejercicios no hubo simulación, sino que las aperturas fueron reales. Para ello, además de con la Dozer, se abrieron brechas con otros tres métodos diferentes: manguera pesada (MICLIC) que lo hacía en un área de IEDs contra vehículos, dos mangueras ligeras (APOBS) que lo hacían en los cinturones de IEDs contra personal y una carga en “T” de explosivo plástico que reducía un T-wall a arenilla. Además, en uno de ellos se hizo fuego real de morteros y participó un carro de combate T-55, que hizo fuego con la máquina DsHK de su torre. En palabras del General de tres estrellas MacFarland, que manda el Teatro de Operaciones y presenció uno de estos ejercicios, “el mejor ejercicio de fuego real que he visto en Irak”. Por si fuera poco, hicimos los otros 10 ejercicios de compañía de combate en zona urbanizada y limpieza de edificios, todos con sus respectivas voladuras.

Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
Las cifras de la preparación de la 72 brigada, sólo en el tiempo en que estuvo con nosotros, BDE III, hablan por sí solas de la intensidad de la preparación. Con una media de 900 militares en la instrucción diaria se consumieron 221.000 disparos de 5,56 mm, 49.000 de 7,62 mm, 34.500 de 12,70 mm, 1.400 granadas de 40 mm, 81 lanzagranadas anticarro LAW… Nada más hay que ver el crédito anual de un regimiento de Infantería española para darse cuenta de la envergadura de lo realizado. Ahora, nuestros “chicos” de la 72 están partiéndose el cobre en el norte, en Makhmur. En el primer día de avance le sacaron 9 kilómetros a su brigada “hermana”, y en los sucesivos tomaron y liberaron varias aldeas en posesión del Daesh. Están en defensiva ahora, rechazando contraataques y acometidas de vehículos suicidas. Han tenido varias bajas, pero ahí siguen. Seguramente sean las casualidades del combate y esa suerte que unas veces te sonríe y otras te golpea con dureza, pero el hecho es que, a día de hoy, la 72 está haciendo un gran papel y su nombre se asocia a los españoles.

Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
Mirando atrás, ahora que trabajamos ya a más de 30ºC con la brigada 35, parece que han pasado años desde aquellos días en los que el barro lo invadía todo y el frío de la mañana se colaba por los huecos del chaleco. Nueva unidad, una acorazada con más de 1300 militares a los que hemos filiado en cuatro días, 3 carros de combate M1 Abrams, 6 carros T-72 y 11 vehículos de combate de Infantería BMP-1 para formar tripulaciones de soldados recién reclutados, perfeccionar las pocas que ya están formadas y mejorar la instrucción táctica de sus unidades, al menos hasta el nivel sección (en el Ejército Iraquí las secciones son de tres vehículos). Cuatro batallones y una compañía Ranger. Menos tiempo, más liderazgo, más disciplina y más ganas de trabajar que los anteriores. Hemos normalizado la instrucción nocturna, a pie y con los blindados, fuego real incluido. Sí, parecen mejores, pero sin pasarse… nuestros chicos de la 72 tenían un "color especial".

Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
Y nosotros, con las mismas ganas que al inicio de la misión. Vuelvo a salir a diario para ver a mis instructores ¡Qué gente más excepcional! Como lo fueron, seguro, los de la Brigada Legionaria (BRILEG) y la BRIPAC. Pero estos son los míos y, simplemente por eso, para mí los mejores soldados sobre el planeta. Implicándose hasta las cachas, sin medir esfuerzos, asumiendo conscientemente los riesgos, como siempre hemos hecho allí donde nos han mandado. El soldado español “conecta” enseguida con cualquiera, ya sea iraquí, maliense, croata, serbio o afgano... Lo llevamos en los “gérmenes”, como alguien dijo una vez. Veo la diferencia a diario, ya que mando instructores británicos, norteamericanos y portugueses. Sólo estos últimos se acercan un poco a nuestra forma de ser. Pero esa conexión que te permite acercarte a ellos con naturalidad, que te den besos al encontrarte o despedirte –sólo los amigos lo hacen–, te cojan de la mano como si de una pareja paseando por la Gran Vía se tratase, te inviten a un falafel –bocata de pan de pita con una albóndiga de pasta de garbanzo y ensalada dentro– hecho en la trasera de una pick up (que las primeras veces expulsarás de tu cuerpo de forma explosiva en las siguientes horas), te desmiguen el pollo con las manos y te lo pongan en tu plato o te cuenten sus confidencias, esa forma de ser, es el arma de doble filo que nos puede impedir reaccionar con la rapidez necesaria si alguna vez la situación se tuerce. Y la memoria histórica de esta unidad sabe lo rápido que se tuercen las cosas en Irak…



Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
Somos soldados españoles, con todas sus letras, defectos y virtudes y no, ellos, los yundis, no crean ese vínculo tan profundamente. Si alguna circunstancia rompiera la “luna de miel” en la que trabajamos, no les costaría un milisegundo rebañarnos el cuello si tuvieran oportunidad. De un día para otro y sin mediar explicación. ¡Ris-ras! Para ellos sería normal y justificado. Mientras, nosotros podríamos seguir dudando si desenfundar o no. Cuanto más tiempo pasa con ellos, más dudas puede tener el instructor a la hora de reaccionar instintivamente ante una amenaza cierta. Lo sabemos, lo hemos trabajado en la preparación y ahora se lo recuerdo constantemente a mi gente. Y yo soy el primero que aprovecho esa relación privilegiada con ellos, ya que facilita la coordinación y resuelve los pequeños problemas del día a día.


Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah
Por eso es tan importante la presencia de nuestros queridos “ángeles guardianes”, la UPROT, que mantienen la necesaria y fría distancia para reaccionar, sino al primero, antes de que se produzca el segundo disparo. Esa es la principal dificultad de esta misión. Esa es la balanza de confianza que hay que usar con maestría. Esa es la grandeza de esta unidad de instructores que tengo el honor de mandar y que no olvidaré el resto de mi vida. Pero dejemos los sentimentalismos para la vuelta a España. Ahora hay que seguir trabajando duro, contra viento y marea porque, como dije antes… ¡Nada es fácil en Besmayah!


Foto: A. Cortés. BPC III Besmayah







[1] Soldado en iraquí. Muchas veces, entre los españoles se generalizaba su traducción a militar iraquí o incluso a persona de esa nacionalidad o material de ese origen.

jueves, 2 de abril de 2015

QUE NO OS ENGAÑEN

Hace unos pocos días, el viernes 27 de marzo, organizamos en el patio del Batallón de Infantería Mecanizada "Cantabria" I/6 una Misa de campaña. El motivo no fue otro que honrar la memoria de los soldados del batallón Abel García Zambrano y Carlos Martínez Gutierrez, muertos durante la misión Libre Hidalgo XX, en el Líbano, hace ya un año. Fue un acto sencillo, al que asistieron las familias de los dos militares, aún rotas por el dolor. La vida da arponazos que ni el tiempo es capaz de curar. No hubo protocolo, ni formación, ni honores. Sólo un grupo de militares arropando a unas familias que no encuentran consuelo y recordando a los que cumplieron, hasta sus últimas consecuencias, aquello que un día juraron al besar nuestra Bandera. 

La carga emotiva del acto fue indescriptible. Emoción de la
SDO. CARLOS MARTÍNEZ GUTIÉRREZ
que yo no pude abstraerme en ningún momento. No les conocía, ya que asumí el mando de la unidad tres meses después del regreso del contingente. Sólo soy, como jefe del batallón, el guardián de su memoria. Pero lo que vi esa mañana soleada, en mitad de la dehesa extremeña, me ha hecho reflexionar y escribir estas letras. Tengo muy presentes las palabras que sobre la milicia vienen resonando en los platós televisivos de la mano de personas de uniforme como el teniente de complemento Segura o la comandante Cantera y su marido. Me llegan también párrafos de los libros que han escrito y que tan profusamente están promocionando. Los leo incrédulo y me pregunto en qué clase de burbuja he vivido yo todo este tiempo... o qué intereses les mueven a ellos. Porque lo que yo viví en el patio de mi unidad me confirma lo que llevo sintiendo estos últimos veintiséis años de servicio a España. Lo que hace que me ponga el uniforme con ilusión cada mañana. Lo que me dispara el pulso en las venas y me eriza el vello al oír el Toque de Oración... Ví a un padre fundido en un abrazo profundo, sincero y emocionado con el general que mandaba la Brigada Líbano (BRILIB) XX. Vi el cariño con el que sus madres trataban al que fue su capitán; un castillo de más de 
un metro noventa con un corazón que no le cabe en el pecho. Vi a sus jefes de pelotón con el corazón en un puño y a los oficiales, suboficiales y personal de tropa que estuvieron involucrados en la repatriación de los cuerpos, tanto en el Líbano como en España, arropando de nuevo a las familias. Vi, en fin, a cabos y soldados de su compañía, militares hechos y derechos, llorando a lágrima viva al acercarse a saludar a los padres de los que fueron sus compañeros. Porque quien diga que los militares no lloramos, miente.

SDO. ABEL GARCÍA ZAMBRANO
No, yo no vivo en ninguna burbuja. He visto "mierda" y a "mierdas" durante estos veintiséis años, como cualquier persona en cualquier empresa. Aquellos que han cruzado la línea roja de nuestro Régimen Disciplinario y nuestro Código Penal Militar en la mayoría de los casos han sufrido las consecuencias de su acciones u omisiones. Aquellos que han incumplido nuestras Reales Ordenanzas sin alcanzar las líneas anteriores, normalmente han obtenido el desprecio de sus compañeros de armas y su evocación es sinónimo de desprestigio. En esta empresa todos nos conocemos... Que alguno se haya ido "de rositas", puede ser; pero yo no lo conozco. Lo que sí puedo decir es que la generalidad de los que han sido y son mis superiores, compañeros y subordinados han tenido y tienen una calidad humana y militar excepcional. Y en las unidades, en todas pero yo puedo hablar de las mías –el Tercio "Don Juan de Austria" 3º de la Legión, el Regimiento "Asturias" nº 31, el Mando de Operaciones Especiales, el Regimiento "Garellano" nº 45 o el Regimiento "Saboya" nº 6–, se encuentra la pureza, la verdadera esencia de la milicia. Y esto muchas veces se nos olvida en los cuarteles generales y estados mayores. Los trescientos militares que el pasado viernes estuvimos en aquella misa, desde el general al último soldado incorporado al batallón hace menos de veinte días, sentimos que hay algo que trasciende a nuestro mero papel de funcionarios. Hay algo que va más allá de unas frías reglas de comportamiento del militar escritas en un ley orgánica. Un código, como alguien dijo alguna vez, que en las situaciones difíciles nos lleva a no pensar nunca en nosotros mismos, sino primero en nuestros compañeros, porque sabemos que ellos están pensando en nosotros.

Que no os engañen. Esa es la verdadera milicia. Difícilmente los veréis en televisión. Hombres y mujeres que han elegido llevar un uniforme porque tienen un alto concepto de ellos mismos. Una religión de hombres honrados, como decía Calderón. Con ovejas negras, sí, pero que en la inmensa mayoría de las ocasiones la pagan. Los que buscan desprestigiar a la Institución en beneficio propio, los que esperan en la puerta de algún palacio a que les paguen los treinta denarios... Esos, esos son, los que, en su éxito, llevan su penitencia.
EL CAMINO ESPAÑOL. DE FERRER DALMAU

sábado, 4 de octubre de 2014

SE ACABÓ LA TEORÍA


Sí, se acabó la teoría. Después de casi nueve años pegándome con los ordenadores de los Estados Mayores del Ejército de Tierra y Conjunto, ha llegado el momento de ponerme, de nuevo, al frente de una unidad operativa. Esta vez un batallón, el batallón de Infantería Mecanizada "Cantabria" I/6. El "Heróico". Y el primer hito que todo oficial debe cumplir para hacerse cargo de su unidad es tomar el mando. La toma de mando se produce en un sencillo acto y es siempre un momento lleno de emoción, no sólo por su significado explícito, sino por todas las circunstancias que le rodean, especialmente la presencia de compañeros, familiares y amigos y la alocución que debe pronunciar el mando entrante. En mi caso, como supongo que en el de todos mis compañeros, me tomé muy en serio eso del discurso. Como siempre ocurre en el Ejército, de todo hay "vaca" (nunca sé si es con "v" o con "b" de background, pero el caso es que está ahí) y los discursos no iban a ser una excepción. No me gustó lo que leí. Me parecieron unos discursos llenos de tópicos y frases hechas. Lo que yo quería era dirigirme directamente a mis subordinados y decirles, desde el corazón, lo que quería de ellos y también lo que ellos podían esperar de mí. Nada más... y nada menos. Ahora lo cuelgo aquí, sabiendo que si Dios me permite acabar estos tres años de mando, yo en íntima reflexión y, porque así lo he querido, todos mis subordinados, sabremos hasta que punto he sido capaz de cumplir mi proyecto. No habrá premio ni castigo sea cual sea el resultado, sólo la satisfacción del deber cumplido o la amarga sensación del fracaso. 


Servicio, Sacrificio, y si la Patria así lo requiere y Dios lo permite, la muerte.

Esas son, para mí, las constantes que guían y sostienen el trabajo y la vida militar. Siempre presentes, fáciles de escribir, fáciles de decir, pero difíciles de asumir en toda su plenitud. Pero esto no es nuevo para vosotros, componentes del Batallón de Infantería Mecanizada “Cantabria”. Sé que sabéis lo que implica el servicio a España, sé que sabéis lo que es el sacrificio, tanto vuestro como de vuestras familias, y también sé que conocéis el escalofrío que recorre el cuerpo cuando despides a un compañero caído en acto de servicio. Lo sabéis a la perfección como unidad excepcional que sois, bregada en los teatros de Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Irak o El Líbano, pero también en el callado quehacer diario en territorio nacional.

Parto, pues, de la seguridad de que todos conocéis esta dinámica, por lo tanto, no esperéis grandes cambios. No os voy a pedir nada que no os hayan exigido ya los jefes que me han precedido. Nada que no esté ya perfectamente asumido en los genes de esta unidad. Así, me gustaría que retuvieseis ésta como la primera seña de identidad de mi periodo al frente del batallón: Servicio a España, sin dudas, ni egoísmos, ni cicaterías. Servicio a España por encima de todo y que se convierte en sacrificio cuando se realiza en contra del interés individual o, incluso, del de la propia unidad. Servicio a España, que tiene su máxima expresión, Dios no lo quiera, en el sacrificio de la propia vida. El lema de nuestro regimiento nos lo recuerda sin un atisbo de duda o vacilación: Ante todo: España; sobre todo: España; siempre: España.


Esa predisposición al servicio no es más que la constante preocupación por nuestra instrucción, por nuestro adiestramiento y por el mantenimiento de los vehículos, el armamento y el material que el Ejército pone bajo nuestra responsabilidad. Pero si ese celo de soldado debe ser factor común de todos los miembros del batallón, más importante aún es la preocupación constante que todos aquellos con responsabilidades de mando deben tener por sus subordinados. Desde el teniente coronel jefe del batallón al cabo jefe de escuadra. Somos Infantería, Infantería española, la mejor Infantería que han visto y verán los ejércitos del mundo, y aquí, lo más importante, es el infante. Es el bien más preciado y a él se subordinan tecnología y medios. Sólo el bien común puede relegarlo a un segundo plano.

Por eso quiero detenerme ahora un poco más en aquellos que ejercéis el mando en el batallón. Mis capitanes, mis jefes de sección y de pelotón… incluso vosotros, mis queridos cabos jefes de escuadra. Prestigio, ejemplaridad, templanza, iniciativa, resolución… Eso es lo que espero de vosotros. Aprended a interpretar el propósito de vuestro jefe directo más allá de sus palabras. Ante la duda o la ausencia de órdenes pensad, analizad rápido la situación y actuad, porque estáis preparados para ello. Con responsabilidad, porque cuentas se nos pedirán siempre de nuestras acciones u omisiones, pero actuad. No decidir es siempre la decisión equivocada. Aprovechad aquellos momentos del adiestramiento en los que las consecuencias de los errores se minimizan, para redoblar vuestra audacia. La confianza que obtengáis hoy, podrá salvar vidas mañana.

Pero todo este trabajo sólo puede dar buenos frutos si las relaciones que se establecen en el batallón están presididas por la lealtad. Lealtad, que es siempre un camino de doble dirección, no sólo entre jefe y subordinado, sino también entre compañeros de empleo. Lealtad, que no debe confundirse con el servilismo hacia el jefe, con el paternalismo hacia el subordinado o con el falso compañerismo entre iguales. Lealtad que se refuerza y se complementa con la necesaria disciplina que debe imperar en toda unidad militar. Es la lealtad la que nos ayuda a cumplir con nuestra obligación, a ser disciplinados, cuando el proceder del mando no nos es grato o llevadero. Es la lealtad la que nos permite hablar claro y franco tanto a nuestros superiores como a nuestros subordinados sin que nada se espere del favor ni se tema de la arbitrariedad; porque es esa lealtad una de nuestras características como soldados. Esta es la segunda seña de identidad que me gustaría recordarais. Sois, a partir de hoy, mi batallón, mi gente, si me permitís la expresión, y con la lealtad y la disciplina de la que os he hablado, me tendréis siempre, en mi puesto al frente de todos vosotros y dispuesto a apoyaros.

Asumo el mando del batallón en un cambio de ciclo tras la misión en El Líbano. También nuestro Ejército entra de lleno en un periodo de transformación. El cambio previsto en la fisionomía de nuestras brigadas no ha dejado indiferente a nadie. La versatilidad quiere ser el sello distintivo de las unidades que surjan de esta transformación y exigirá un importante esfuerzo a muchas de ellas. Pero nada de esto debe alteraros lo más mínimo porque el "Cantabria" ya es ejemplo de versatilidad y polivalencia. 

Somos capaces de combatir sobre nuestros PIZARROS y, si es necesario, desembarcar de inmediato, combatir a pie, embarcar de nuevo y continuar la acción sin interrupción alguna. Somos capaces, y así lo habéis demostrado, de desplegar en operaciones y operar con vehículos como los RG-31, los LMV LINCE o los BMR, porque sólo nos supone la transición de un complejo sistema de armas como es el PIZARRO a un vehículo más sencillo, cuyo cometido principal es el transporte. Somos capaces, en fin, de subirnos en un avión, en un helicóptero o embarcarnos y desplegar allí donde se requiera, y operar como una unidad puramente ligera, porque forma parte intrínseca de nuestro adiestramiento. Somos la versatilidad hecha unidad, porque cuando el adiestramiento termina para una unidad ligera, a nosotros nos queda el adiestramiento de nuestras tripulaciones. Porque cuando el adiestramiento termina para las tripulaciones de nuestro queridos compañeros acorazados, a nosotros nos queda el adiestramiento como unidad desembarcada.

Tampoco esto es una novedad. El general de la Brigada, a través de su Programa Anual de Preparación, deja claro lo que espera de nosotros:
Debemos estar preparados para ser empleados con un preaviso extremadamente corto, sin una preparación específica para la operación, en un terreno, un ambiente y un adversario desconocido o parcialmente desconocido y en un teatro de operaciones que puede estar situado a gran distancia del territorio nacional.

Para cumplir esta orden solo hay un camino: la instrucción y el adiestramiento intenso y constante. Y eso haremos. Progresivamente, sin prisas, pero sin pausa. 

También sabemos que no podemos combatir solos. Necesitamos, cada vez más, contar con apoyos y capacitadores. Por ello, tendremos que progresar en la integración con los carros de combate, en el empleo de Observadores Avanzados de Artillería, de Controladores de Fuegos Aéreos o de Zapadores y asumiremos, muy a menudo, el vital refuerzo en abastecimiento y mantenimiento del Grupo Logístico.


Pero, previo a todo esto, está la instrucción individual, como combatiente, de cada uno de nosotros. De todos y cada uno de nosotros, porque el fuego enemigo no sabe de estrellas, ni de galones. Una buena preparación física es la base sobre la que se construyen las primeras capacidades individuales que todo soldado debe poseer y mantener vivas. Sobre ellas, seguiremos trabajando la especialización, que es la que verdaderamente da valor añadido a la unidad. Todos somos piezas necesarias del engranaje que hace que el batallón sea la unidad de combate que debe ser. Y junto a toda esta preparación física, táctica y técnica, fomentaremos y prestaremos especial atención a los valores morales –que son los que guían nuestra conducta y nos diferencian de una banda de mercenarios–, a las manifestaciones externas de disciplina –individuales y también colectivas–, y al conocimiento de nuestro historial, la cohesión y el sentido de unidad.

No me olvido hoy de mis queridos especialistas. Sé el peso que tenéis en una unidad mecanizada y recuerdo las veces que, en anteriores destinos, me habéis sacado de situaciones comprometidas en operaciones y ejercicios. Las actividades de mantenimiento son una parte esencial de la instrucción y el adiestramiento, no algo que sirve para rellenar tiempos muertos. No pueden llegar a vuestras manos averías provocadas por un deficiente mantenimiento de primer escalón.
También espero de vosotros un adecuado nivel de adiestramiento en aquellas tareas tácticas que os competen, como parte de una unidad de combate que sois.

Creo que, a lo largo de estos minutos, he dejado claro que cuando hablo de empleo del batallón, de instrucción y adiestramiento, estoy hablando de combate. Porque la vocación de una unidad mecanizada como esta es el combate. La dura preparación para la situación más exigente, que jamás debe desaparecer de nuestro horizonte, lleva siempre aparejado el éxito en las situaciones que no lo son tanto, como habéis demostrado repetidas veces. La preparación del batallón será lo más parecida posible al modo en el que va a combatir, con una sola premisa: Ningún ejercicio en tiempo de paz vale la vida de un soldado. Esta es la tercera seña de identidad que quiero dejar clara hoy. En el marco y con las directrices del Regimiento y la Brigada en la que estamos encuadrados, el batallón buscará que su preparación esté dirigida y se asemeje lo más posible al combate, en el sentido más amplio de la palabra y en todos los escenarios a los que podríamos enfrentarnos.

Así que trabajaremos al máximo, como siempre lo ha hecho este batallón, con el sólo propósito de estar en las mejores condiciones de servir a España allí dónde se requiera y con la satisfacción del deber cumplido como único anhelo. Trabajaremos con todos los problemas que tienen y que puedan tener nuestros vehículos, con la disponibilidad de personal, carburante, munición y créditos que el mando determine, con el firme propósito de apurar al máximo las posibilidades que todo ello nos brinde y con el deseo de ser empeñados en las situaciones de mayor riesgo y fatiga. Deseo que expreso en este mismo momento frente a nuestro coronel y con la lealtad y el respeto que debo a nuestro batallón hermano.

El gran día de Gerona de Ramón Marí Alsina. El 26 de junip de 1809 el Regimiento Saboya
rompió el cerco, francés de la ciudad para entrar en ella y ayudar a su defensa.
Quiero hacer mención también al regimiento en el que estamos encuadrados. El regimiento de Infantería Mecanizada "Saboya" número 6, el "Terror", bonito sobrenombre para un regimiento. Pocas unidades pueden contar con un historial tan impresionante como el del Saboya. Tenemos la responsabilidad de recordar, honrar y engrandecer el legado de aquellos que nos precedieron en los casi 500 años que han transcurrido desde su creación en 1537. Los que combatieron en los campos de Italia, Flandes, Sicilia, Orán o Argel. En los sitios de Gibraltar, la recuperación de Menorca, en Barcelona, Cuenca, Badajoz, Ceuta, Melilla o el Protectorado. En Méjico, Cuba o Perú.  

Nadie mejor que un saboyano, el teniente coronel Francisco de Villamartín, expresó, en 1862, la responsabilidad del militar ante un futuro siempre incierto y ante el legado que recibe de Historia. Decía así:  Llegará un momento, no sabemos cuando, no sabemos por qué, en que seremos llamados a resolver una difícil cuestión de vida o muerte para la patria, y la resolveremos, porque cuando el destino decreta no hay fuerza humana que se oponga a la corriente de los sucesos impulsados por la mano de Dios.
Que la joven generación se persuada de lo mismo, que espere días de prueba, que temple su alma con el estudio y las virtudes para poder arrostrar de frente el peligro mostrando al mundo que somos los vencedores del Garellano y los vencidos de Rocroi, y cuando llamemos a la tumba de los héroes que en aquellos campos murieron, “Nos habéis dado una patria” –les diremos. “Nosotros la hemos engrandecido, tenemos derecho a dormir a vuestro lado”.





Componentes del Batallón “Cantabria”, asumo hoy el mando con la humildad de quien lleva tiempo alejado del barro, con la humildad de quien nunca sirvió en las filas de la Brigada “Extremadura” XI. Tomo hoy el mando y asumo la enorme responsabilidad que supone ponerme al frente de un grupo excepcional de guerreros como vosotros. Al frente de una de las mejores unidades que existe, y lo es, porque, como dije antes, está formada por soldados españoles y más aún, por infantes. Con la responsabilidad que supone haber sido elegido por el Mando frente a compañeros, frente a amigos, al menos tan válidos como lo pueda ser yo, para ejercer este importante cometido. Pero tomo hoy el mando, también, con todo el derecho que me otorgan 25 años de servicio a España y a nuestro Ejército en las filas del Tercio “D. Juan de Austria” 3º de la Legión, del Regimiento Mecanizado “Asturias” 31, del Mando de Operaciones Especiales, del Regimiento de Infantería “Garellano” 45, del Estado Mayor del Ejército y del Estado Mayor Conjunto. Sin pedir ni rehusar. Días felices, por qué no, pero días llenos también de sacrificio, de sudor, de esfuerzo, de cansancio, de sinsabores, de frustración, de jornadas interminables y de trabajo duro que hoy, aquí, tienen su recompensa. Tomo hoy el mando, en fin, con la misma ilusión con la que un día inicié mi andadura como oficial en la 49 promoción de la Academia General Militar. Sólo pido a la Inmaculada que me proteja y ayude en esta nueva etapa.



Ahora, queridos componentes del Cantabria, ya sabéis lo qué podéis esperar de vuestro teniente coronel.

(FIRMES)

Y, por primera vez al frente de vosotros, gritad conmigo: ¡Viva España!, ¡Viva el Rey! ¡Viva el Ejército!

sábado, 21 de diciembre de 2013

CUANDO OLVIDAR ES IMPOSIBLE


Monumento a las víctimas del terrorismo en
Madrid. Fuente: www.espormadrid.es

El día 22 amaneció templado, con un cielo azul limpio de nubes propio de finales de junio. Los alféreces cadetes de cuarto curso recorrimos en autobús los ochenta y pico kilómetros que separan la Academia de Infantería de la capital de España para visitar el Museo del Ejército, sito entonces en el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Final de curso, tiempo de relax y de preparar las maletas para el regreso a la Academia General Militar, pero también tiempo de tensión en espera de las notas finales.
Furgoneta oficial ardiendo tras el atentado de la Plaza de la República de
Argentina. Fuente: www.elmundo.es Foto: EFE
Casi al mismo tiempo que los futuros oficiales nos desparramábamos por las impresionantes salas del museo, las diez de la mañana, siete féretros cubiertos por sendas banderas de España entraban en el patio central del Cuartel General del Ejército al compás de la marcha fúnebre. Entre ellos, el de Fidel[1]. No conocí personalmente al teniente coronel Fidel Dávila Garijo, quizá lo vi fugazmente en algún momento de mi infancia, no lo recuerdo, pero sí tengo la suerte y el honor de contar entre mis mejores amigos a su hermano Juan de Dios. Nos conocemos desde el “cole”, Nuestra Señora del Pilar, donde coincidimos en la increíble “D”, cuando no levantábamos más de un metro del suelo (al menos yo, él es mucho más alto). Podría estar horas hablando de él, de la amistad, por supuesto, pero también del compañerismo, del honor, de la lealtad, del sacrificio, de cómo se pueden ejercer todas esas virtudes tradicionalmente denominadas “militares” desde tu "puesto en formación" en la vida civil. Pero no es el momento. Hoy viene a estás páginas como mi amigo y como hermano pequeño de Fidel.
Fidel Dávila Garijo
En aquel entonces, 1993, nuestra amistad había crecido y enraizado sólida, como lo ha seguido haciendo hasta el día de hoy. Era ya lo suficientemente fuerte como para, aprovechando un cambio de sala en el museo, abandonar el grupo de cadetes y dirigirme hacia el Cuartel General para estar con él. Los clavos de mis cordones rojos de cadete golpeaban al ritmo de la marcha forzada que imprimí hasta llegar a la calle Prim. No corrí. "Un militar no corre por Madrid vestido de uniforme de paseo y menos el día despues de un atentado" —pensé.
Llegué tarde. La marcha fúnebre volvía a sonar y los féretros comenzaban a salir por el túnel sur del patio de armas del imponente Palacio de Buenavista. Saludé el paso del cortejo con toda la fuerza y marcialidad de la que un jóven alférez de Infantería es capaz.
Momentos antes, el arzobispo castrense monseñor José Manuel
Restos del atentado de la plaza de la República de Argentina.
Fuente: www.elmundo.es Foto: F. Quintela
Estepa había dicho: "No cedamos en estas dolorosas circunstancias a la tentación de cosechar odio y deseo de venganza, que es la invitación que desde hace tantos años nos dirigen quienes con su siembra de violencia y sangre inocente se han sumido, ellos mismos, en el fango de la degradación más extrema e inhumana". No pude oirlo, pero los rostros de los militares que me rodeaban reflejaban pecisamente eso: dolor y odio.
El patio se fue despejando y, finalmente, puede acercarme a Juande. Tras la primera expresión de sorpresa, me recibió con una amplia y serena sonrisa. Una sonrisa que, por una lado, me resultaba enormemente llamativa en un escenario de dolor como aquel y, por otro, mostraba una inquebrantable seguridad que sólo la Fe verdadera puede dar. Años después recordaría esa sonrisa al leer lo que un corresponsal de guerra decía sobre la actuación del comandante Franco tras la batalla de Taxuda (Melilla), el 10 de octubre de 1921: "Lo de Franco en Taxuda ha sido maravilloso. Él ha salvado la situación. Cuando pasó el peligro sonreía nuevamente entre sus legionarios; pero con una sonrisa que casi me daba miedo, porque expresaba una serenidad imperturbable, pero al mismo tiempo, una cólera fría. Era una mezcla de tranquila seguridad en sí mismo y de la más violenta voluntad de vencer”. Desde entonces, después de cada atentado, me he acordado de aquella sonrisa de Juande. De la impresionante superioridad y fortaleza moral que reflejaba y que me ayuda, todavía hoy, a entender cómo las víctimas del terrorismo pueden continuar con sus vidas. Nos dimos un abrazo, que aproveché para tragar saliva. No podía ser yo quien flaqueara, cuando él estaba dándonos aquella lección de entereza. Poco más que dar un beso a su madre, una cordobesa impresionante rota por el dolor, pude hacer hasta que emprendí, de nuevo, mi marcha forzada hacia el museo para reincorporarme a mi curso.
El recuerdo de Fidel me ha acompañado varias veces en mi vida
Monumento a los caídos del Cuerpo de Estado Mayor en la Escuela
de Guerra de Madrid. La faja del Tcol. Fidel Dávila se encuentra en
la urna superior derecha.
militar, especialmente en estos últimos años de comandante. Varias veces durante el Curso Interarmas, primera parte del de Estado Mayor que se impartía en la Escuela de Guerra del Ejército, me acerqué al monumento a los caídos de este Cuerpo. Allí, delante de su faja azul de diplomado, tenía momentos de reflexión que me ayudaban a escapar del frenético ritmo del curso y clarificar mis dudas. Más tarde, ya destinado en el Estado Mayor Conjunto, su nombre escrito en una placa conmemorativa en la entrada principal, me recordaba cómo todo puede cambiar en un segundo. 
Han pasado muchas cosas desde aquella mañana de junio. Muchos otros militares han muerto asesinados por ETA. Muchos otros ciudadanos. También el panorama político-judicial se ha movido en este último mes, clavando un rejón más en el ya dolorido corazón de las víctimas con la derogación de la doctrina Parot y la instantánea aplicación de la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. 
Mural con los rostros de las víctimas de ETA que se encuentra, a modo de
homenaje, en la página www.el pais.com
Las víctimas, su dolor y su dignidad, es lo único que ha permanecido impasible e impoluto, entre tanta mierda. Me he preguntado muchas veces qué es lo que impide que alguien que ha perdido de una manera atroz a su hijo, a su hermano, a su padre; alguien que ha visto como toda su vida se tambalea o, incluso, se derrumba en un instante de furia incompresible; qué le impide, digo, coger una escopeta, esperar en la puerta de la cárcel la salida del hijo de puta de turno y descerrajarle un tiro en la cabeza. Lo he visto hacer, por temas menores, en las misiones en las que he estado. Me lo he preguntado muchas veces y siempre ha acudido la sonrisa de Juande a mi rescate: La infinita superioridad moral de los que han sufrido el zarpazo del terrorismo frente a los asesinos. Eso y su confianza en el amparo por parte del Estado y la comprensión y el cariño del resto de la sociedad. El primero, porque impartirá la justicia que ellos no pueden ni deben aplicar y, el segundo, porque ahogará los ataques dialécticos y fácticos que puedan sufrir .
Por eso me cuesta entender lo que está pasando. Lo que lleva
Placa en el monumento a las víctimas del terrorismo en Madrid.
Fuente: www.espormadrid.es
pasando desde hace ya demasiado tiempo. Oigo mucho eso de "ETA está vencida". "¿Por qué?" —pregunto tímidamente cuando tengo la oportunidad—. "Porque no puede matar" —me han contestado más de una vez—. "¿Y para qué tendrían que matar actualmente?" —insisto—. Ni ellos mismos podrían creer hace unos años dónde están ahora. Nada más hay que tirar de hemeroteca e ir viendo lo que, asamblea tras asamblea y comunicado tras comunicado, fijaron como objetivos e ideario.
No, no lo entiendo y por eso quiero dejar aquí claro que, en mi condición de ciudadano español, estoy y estaré siempre con las víctimas del terrorismo. Y me tendrá enfrente, siempre, aquel que busque su desprecio, humillación, olvido o, incluso, esa indiferencia cada vez más generalizada en nuestra sociedad. Estaré ahí, aunque sólo sirva para demostrarles que sé, no el dolor que sienten —que sólo pueden entender los que lo han sufrido—, sino el enorme esfuerzo que están realizando para continuar la "normalidad" de sus vidas con la que esta cayendo. Con la que lleva demasiado tiempo cayendo. Aunque sólo sirva, como estas letras, para posicionarme fuera de la apatía generalizada y desmemoriada que hoy se considera "politicamente correcta". Aunque sólo sea para poder mirar a los ojos de mi amigo y poder responderle: "Semper fidelis, Juande, semper fidelis".




[1] A las ocho y cuarto de la mañana del 21 de junio de 1993, la banda terrorista ETA asesinaba en Madrid a seis militares y un civil que viajaban en una furgoneta oficial, haciendo detonar a su paso un potente         coche-bomba, cargado con 40 kilos de amonal, en la confluencia de las calles de López de Hoyos y de Joaquín Costa. Los etarras presenciaron la llegada de la furgoneta oficial del Estado Mayor de la Defensa (EMAD) a la plaza de la República de Argentina y accionaron a distancia el dispositivo que hizo estallar la mortífera carga. La onda expansiva afectó de lleno al vehículo oficial y el efecto de la metralla acabó con la vida de los siete hombres que viajaban en ella. Los muertos fueron: el teniente coronel del Ejército de Tierra JAVIER BARÓ DÍAZ DE FIGEROA; el teniente coronel del Ejército de Tierra FIDEL DÁVILA GARIJO; el teniente coronel del Ejército del Aire JOSÉ ALBERTO CARRETERO SOGEL; el teniente coronel del Ejército del Aire JUAN ROMERO ÁLVAREZ; el capitán de fragata de la Armada DOMINGO OLIVO ESPARZA; el sargento primero de la Armada JOSÉ MANUEL CALVO ALONSO y el funcionario civil del Ministerio de Defensa PEDRO ROBLES LÓPEZ. La explosión provocó, además de cuantiosos daños materiales, heridas graves a otros cuarenta ciudadanos, incluidos tres niños que esperaban en una parada cercana a que les recogiera el autobús del colegio. Se trataba de las hermanas Juana y María Gabriela Cañizo Canto, de 8 y 15 años, y de Luis Gabarda Pery, de 7, rescatado del lugar del atentado en una situación crítica por el policía Emilio Almendros Gomis, que lo trasladó urgentemente al Hospital Gregorio Marañón. Además de los tres niños, otras cinco personas resultaron también gravemente heridas: María Antonia Mezquita, Matilde Cuéllar, Fernando Flórez, Sonia Curabia y Juan Carlos Sobrino. Una hora después, hacia las 9:15 horas, el Ford Fiesta utilizado por los etarras para huir, estalló ante el número 85 de la calle de Serrano, cerca de la embajada de los Estados Unidos, hiriendo a otras tres personas, dos de ellas de gravedad: Miguel Alvero Suárez, de 26 años, y Carmen Redondo Prado, de 28.