viernes, 15 de enero de 2021

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 13

El aterrizaje en el Kandahar Airfield (KAF, en el sub-lenguaje NATO-americano) supuso también el aterrizaje en la cruda realidad del teatro de operaciones afgano. No es que tomásemos tierra, es que nos “jartamos” de ella. Polvo por todas partes –y no, precisamente, del que alguno está pensando–. El sur y el este de Afganistán, el famoso cinturón pastún, son las zonas más calientes y de mayor actividad de la insurgencia. En el sur, dos provincias destacan por su mala leche: Helmand y Kandahar. Y en esta última estaba yo, españolito de pro, con mis acompañantes americanos.

Lo primero que llama la atención de la base de Kandahar, aparte del jodido polvo que mencioné antes, es su tamaño. La población allí oscila entre 25.000 y 33.000 colegas, que ya es gente, en comparación con los cerca de 5.000 de KAIA. Por tener, tienen hasta líneas regulares de autobús que recorren la base. Salimos de la terminal aérea y allí estaba una comandante negrita, muy maja, que nos llevó en una Vanettedestartalada a la oficina de alojamientos (Billeting Office, en inglés). Allí descubrí otras de las características de KAF: es, junto a Bagram (BAF en el mismo sub-lenguaje), una de las bases de tránsito de las fuerzas norteamericanas. Eso significa que el 98% de los yankees que entran o salen de Afganistán por cualquier motivo lo hacen a través de estas dos bases. 

Nos alojamos en el “Hotel California”, una descomunal tienda protegida, camuflada en su exterior y que en su interior cuenta, en una nave diáfana, con 450 literas, una al lado de otra. Lo primero que sientes al entrar en el “Hotel California” es un puñetazo olfativo a humanidad, seguido de un frío de cojones. Lo del pestazo es normal: unos 900 colegas de su padre y de su madre formando un zoológico digno de ver. Tipos alegres que se van de permiso o final de misión, tipos tristes que se incorporan al teatro, heridos leves que mandan para casa…, y nosotros. De salida, los americanos se tiran allí entre uno y tres días, esperando hasta que llenan un avión con destino a los USA. Los movimientos intrateatro son más rápidos. El frío se debe a unos macro-aires acondicionados que están constantemente en funcionamiento y que sirven para mitigar un poco, más que el calor, el olor reinante. El frío y las luces, prácticamente toda la noche encendidas, hace que las literas “de abajo” sean las más cotizadas. Los alojados de larga duración se hacen “garitos” con mantas para tener un poco de intimidad y oscuridad. 

Me busqué una litera lo más aseada posible –no es un buen sitio para ser escrupuloso–, dejé el equipo y, con el armamento siempre encima, nos fuimos a la primera reunión del día. La forma de llevar el fusil es otra de las cosas que perfeccionas con la peña de la tribu. Nada de llevarlo a la espalda, cruzado en bandolera o como si fueras a la caza de la perdiz. Al contrario, siempre con correa de suelta rápida. Ese tipo de correas te permite liberar ambas manos, llevarlo relativamente ceñido en un lateral –a lo largo del muslo– o en el pecho y, en caso de necesidad, nada más tienes que apretar la suelta rápida y encarar. Nuestro HK la lleva, pero es un poco aparatosa, así que aproveché una tienda americana de cosas de matar que tienen aquí –enorme, por cierto– y me compré una. 

La sensación de andar por KAF me gustó. Ser el único español entre más de 30.000 colegas y pasear la propia bandera fuera de las zonas habituales para nuestras fuerzas, mola. Todos te miran, algunos te preguntan e, incluso, unos coreanos se hicieron una foto conmigo. Supongo que fue porque tengo también los ojos rasgados… Después, en vez de ir a cenar a uno de los comedores temáticos de la base –italiano, americano, tailandés, etcétera–, nos fuimos a un Friday´s. Sí, un Friday´s como el que podéis encontrar en los centros comerciales de cualquier gran capital, con su decoración sobre cine y sus camareras con minifalda. Me comí una hamburguesa que no se la salta un atleta amateur y una Coca-Cola light, que la camarera no dejaba que bajase de la mitad. Estuve a punto de pedir la Coca-Cola con vainilla, como en Pulp Fiction, pero me pareció de cateto. El momento de pagar fue curioso. La camarera fue pasando: uno le pagaba con tarjeta; otro en dólares con tickets de cartón –sólo se manejan billetes, las monedas se sustituyen por vales–; yo, en euros. Eso sí, a todos nos atendió con una amplia sonrisa. Claro, luego me explicaron, que, incluso aquí, se juega la propina, que es parte importante de su sueldo. 

El restaurante está en una zona espectacular de la base. Imaginaros la típica plaza de pueblo con soportales –Plaza Mayor de Madrid, por ejemplo–. Pues bien, eso es lo que tienen allí. En los soportales, elevados sobre el nivel del suelo, se ubican toda clase de tiendas, restaurantes, cafeterías, etcétera; y, en el centro de la “plaza”, hay un campo de fútbol de césped artificial con focos, una pista de jockey-hielo –de cemento, claro está–, mesas para tomarse unas birras, un gimnasio al aire libre y, bordeándolo todo, una pista de tartán. En dos palabras, como diría el gran Jesulín: “Im-prezionante”.

Después de otra tanda de reuniones, al día siguiente volamos en helicóptero a la Base Multinacional de Tarin Kowt, en la provincia de Uruzgan. Hicimos dos paradas en sendas COP (Combat Out Post, pequeñas bases, de entidad entre compañía y batallón, en mitad de la nada) para dejar a dos JTAC (Joint Tactical Air Controller, que son los pollos que guían los ataques desde el aire, siempre en mi equipo…) y, finalmente, aterrizamos en la base, liderada por Australia. Más polvo y más calor. Llegamos con un nivel de alerta alto que implicaba tener el armamento, chaleco y casco a menos de diez minutos de donde nos encontráramos. Eso, para nosotros, suponía llevarlo puesto. Allí, la mayoría de los locales sensibles ­–puesto de mando, dormitorios, comedores, etcétera– son verdaderos búnkeres. Nuestro dormitorio de transeúntes, por ejemplo, era un contenedor acorazado con apertura hidráulica. Podría parecer claustrofóbico, pero prima la seguridad y, además, se dormía fresquito. El comedor era una pasada. No sé de dónde coño las sacaban, pero la barra de ensaladas y frutas tenía de todo. Muchísimo mejor que en Kabul. Más reuniones, más visitas y a los dos días salíamos otra vez en un avión de malotes rumbo a Bagram. 

¡Ah, Bagram!, sí la de la famosa cárcel y los abusos que salieron a la luz en 2005. Otra época que tengo el placer de no conocer y espero que no se repita. Otra base espectacular. Allí estuvimos unas pocas horas y, entre reunión y reunión, pude curiosear dos aviones que, simplemente viéndolos en el suelo, son de los que te haces caquita. Son el A-10 Thunderbolt o Warthog y el C-130 Spectre

El A-10 es un avión “de Infantería”. Está diseñado para el apoyo aéreo cercano (CAS), especialmente el ataque a blindados, y por ese motivo es lento –560 km/h– y muy maniobrero a baja cota. Aterriza y despega casi “en cualquier recta”, tiene la firma térmica de un mechero y, aunque es muy vulnerable para una amenaza aérea, es un búnker volante para el fuego que puedan hacerle desde tierra –aguanta los disparos de 20 mm. sin muchos problemas y algunos de hasta 57 mm., las alas protegen sus motores al estar montados en la parte superior trasera y su único piloto va en una especie de “bañera” anti-todo de más de 500 kilos de blindaje forrada de nailon para evitar proyecciones–. Encima, está diseñado para poder volar con un solo motor, una sola cola, un elevador, la mitad de un ala arrancada y aterrizar sin haber desplegado el tren. En Afganistán no existe amenaza aérea, así que, para deshacer las cuevas en Tora Bora, los refugios de los talibanes o apoyar operaciones desde el aire, sus posibilidades de configuración y, sobre todo, su cañón, van de miedo. Casi se puede decir que, primero, diseñaron el cañón –el General ElectricGAU-8 Avenger, uno "pequeñito" de 30 mm., que en realidad son siete rotativos que alcanzan una cadencia de hasta 4.200 disparos por minuto– y alrededor le montaron un avión.

Al segundo lo he visto en acción en algunas de nuestras operaciones. También el CAS es su misión principal. Un eficiente sistema de armas controla cuatro cañones, dos de 25 mm., uno de 40 mm. y uno de 105 mm., tres de ellos pegaditos en el costado. Hay mil versiones, pero los de aquí tienen la pintura más oscura que los C-130 normales y su nombre les viene de que sus misiones suelen ser nocturnas. Cuando localizan un objetivo, vuelan en círculo sobre él –a izquierdas, por la posición de los cañones–. Los malos se esconden, se suben a los árboles, se hacen los muertos, se pegan a los muros o se meten en zanjas, pero nada escapa a su “vista” nocturna y os aseguro que, un disparo de 25 mm., te deja la uña negra, pero negra…, negra. La primera vez que lo vi en acción entendí por qué a veces tardan un par de días en confirmar la identidad del jackpot correspondiente –ya os comenté que ese es el nombre que se le da a los malos que son más malos que los demás. Están en una lista, denominada Joint Prioritized Effects List (JPEL), que se revisa semanalmente. Cuando un Spectre entra en juego, normalmente la escalilla corre unos cuantos peldaños…

En fin, esa semana danzando por el sur sirvió para estrechar lazos con mis compañeros norteamericanos y que ellos descubrieran que, aunque hablemos un inglés “raro”, los españoles somos tipos fiables. Os escribo después de mi despedida oficial. Es una ceremonia íntima y sencilla, en nuestro Centro de Operaciones. Tu jefe dice unas palabras, tú dices unas palabras, el gran jefe te da la medalla de la OTAN y un diploma y se acabó. En mi caso, el coronel segundo jefe, el norteamericano “Duke” del que os hablé hace unos meses, quiso ser él quien pronunciara las palabras de mi despedida. Fue un honor, porque él se despedía en el mismo acto, después de dos años de misión, pero así se lo pidió al que le correspondía, el coronel italiano jefe del Estado Mayor. Disparó al corazón, el muy cabrón. Que el tío más emblemático de ISAF SOF, un guerrero de verdad, me estuviera dedicando unas palabras tan elogiosas y cariñosas, me dejó tocado para mi discurso. Me emocioné –¡joder, me emocioné en inglés!– se me quebró la voz y se me empañaron los ojos. No me importó, porque no fui el primero, ni seré el último, al que le pasa cuando acaba su misión en un entorno de tantísima intensidad. Les dije lo duro que era ser español en la tribu sin botas “hermanas” combatiendo sobre el terreno; sólo las tuyas. Les conté cómo por ello había adoptado como propias a sus unidades, a sus chicos, que ya eran míos también. Les hablé de cómo me alegraba y me sentía orgulloso cada vez que una operación tenía éxito y de cómo rezaba por sus caídos y heridos en esos días grises de mi despliegue. Les dije, en fin, que había sido grande trabajar con ellos, pero que, para mí, era más grande todavía, y un honor, trabajar y ser uno más en lo que todos ellos representaban. 

Mañana, si el tiempo lo permite, volaré a Herat y, de ahí, a España. Por cierto, he tenido una última movida porque me querían dejar tres días sin armamento. He dicho que ni de coña. Al final, el general senior español se ha implicado y me ha autorizado a entregar mi armamento aquí, volar desarmado y que, según aterrice en Herat, me entreguen una pistola y dos cargadores hasta el día de salida. Que sí, que soy un “inflao” y todo lo que queráis, pero llevo seis meses viendo y viviendo cosas y lo último que me apetece es que, en un Green on Blue en mi último día, tenga que defenderme de un talibán “fumao” haciendo la postura del cangrejo –creo que esa era del Kama-Sutra, pero vosotros me entendéis… En fin, como dice un alemán de la tribu: “Todo en esta vida tiene un final…, menos la salchicha, que tiene dos”. Nos vemos pronto.

2 comentarios:

  1. Eso es como Las Vegas! Vaya despliegue....
    El ruido del cañón del A10 debe de ser una pasada escucharlo en directo.

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  2. Buen viaje de regreso a casa mi Teniente Coronel!
    Le animo a seguir (con todas las letras) compartiéndonos el placer del deber cumplido, que para el soldado es alimento vital qué a todo da sentido. Gracias por su servicio!

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