jueves, 12 de noviembre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 5

Es obvio que la cercanía del peligro reordena la escala de valores y se aplica, como nunca, el españolísimo dicho de "no nos acordamos de Santa Bárbara más que cuando truena". En la vida militar esto es más verdad que en ningún sitio. He visto, al mismo tío que se cagaba en todo lo sagrado por la mañana, santiguarse por la noche más que un cura loco, al acercarse a la puerta del avión en un salto nocturno. En operaciones, cuando sales por la barrera, ocurre lo mismo... Y yo no iba a ser menos. 

DETENTE BALA
Foto: Pedro Erice

Llevo al cuello el Cristo legionario que me regalaron mis amigos cuando ingresé en la Academia. Es ya “de dotación”, parte de mí, y lleva acompañándome desde entonces, siempre de guardia, 24/7, como la “Meretérica” que diría el gran Chiquito de la Calzada. Para esta misión, junto a la chapa de identificación, le acompañan en la cadena una tau franciscana de madera que me regaló mi mujer, una pequeña medalla de la Virgen Milagrosa que me regaló un amigo de Alicante y mi medallita de la primera Comunión –sentimental que es uno–. Vamos, que parezco el colega palúdico de un rapero del Bronx. Aparte, llevo en el bolsillo de mi uniforme un Detente que me regaló mi grandísimo amigo Juande hace mil años y que sigo conservando con cariño y una estampa de San Judas Tadeo que me regaló el día que me vine para acá, a pie de aeropuerto, otro buen amigo taxista y ex cabo de mi compañía del regimiento "Asturias" 31. 

Como veis, voy más blindado que un carro de combate. Pero, ya que hemos empezado con dichos y refranes, también me aplico otro que dice, "reza, pero no dejes de remar hacia la orilla" (o "habla bajito pero lleva un gran palo", pero este es de otra historia...). Así que, además de este “blindaje” y de salir preparado y con la artillería lista y aceitada, los domingos, en la misa que se celebra aquí en KAIA, le doy las gracias al Señor de los Ejércitos por una semana más, para que vea que yo también soy un tipo proactivo. 

LTC Chaplain Jerzy "George" Rzasowski

La verdad es que es una hora de recarga de pilas. El sacerdote es el "orgánico" del V Cuerpo norteamericano, con guarnición en Alemania. El páter George –en realidad es el teniente coronel capellán Jerzy “George” Rzasowski–, polaco hasta la médula, con un acento al hablar inglés que debe revolver a Shakespeare en su tumba, es otro personaje de los que anda por aquí digno de mención. Habrá pasado ya los cincuenta, no muy alto, de complexión fuerte, cabeza rapada, con gafas y una sonrisa permanente en la boca. Se ordenó sacerdote en su Polonia natal en 1985 y fue capellán en el famoso sindicato Solidarnosc de Lech Walesa. Ejerció también de misionero en América Central donde, aparte de enfermar gravemente, inició su contacto con los norteamericanos. Llegó a los EEUU para tratarse esa enfermedad y, en cuanto le conocieron un poco, le ofrecieron unirse al US Army antes, incluso, de obtener la nacionalidad. Eso sí, su primer destino fue Guantánamo, con los refugiados. Es un tío que despierta curiosidad sólo con cruzarte con él por la base. Tened en cuenta que en el ejército norteamericano hay mucha competencia (judíos, protestantes, mormones, musulmanes, etcétera), así que el páter George tiene que ganarse su cuota de fieles, pero a base de bien. 

Lo primero que llama la atención cuando vas al centro de conferencias, lugar donde se celebra la misa, es que en la puerta ya está el páter George recibiendo a los fieles con un apretón de manos. El primer día que fui me quedé alucinado. La estola, esa especie de bufanda que se ponen los sacerdotes para decir la misa, era blanca y estaba llena de parches de las unidades americanas con las que había servido y tenía dos banderas polacas en sus extremos. Su "rebaño" de los domingos está formado por unas cuarenta personas, mayoritariamente norteamericanos, españoles e italianos, seguidos por polacos, franceses, belgas y algún trabajador filipino. El tío ha montado un coro —son cuatro: un coronel norteamericano que toca la guitarra, una tía buenísima que canta muy bien (hasta la Beretta que lleva a mitad de muslo le favorece), un filipino que también canta bien (aunque no está bueno, todavía) y un tío indefinido que está ahí, supongo que para ver si se tira a la rubia, porque no canta una mierda—. Así que la misa es muy animada y participativa. Por supuesto es en inglés, pero puedes coger un papelito con las respuestas principales para poder seguirla bien. Además, siempre la segunda lectura se lee en otro idioma para acentuar la multinacionalidad de la fe. 

Pero lo mejor es la homilía. Ahí el páter George saca lo mejor de sí y de su inglés y nos hace pasar un rato de lo más agradable. Al contrario de lo que está pasando con parte de nuestro clero, es capaz de llevar las lecturas dominicales a nuestro día a día con ejemplos claros, precisos, incisivos y, encima, con gracia. Un crack, vamos. La comunión es por orden de hileras de delante a atrás —siempre hay un español que, siguiendo esa tradición tan nuestra, esprinta desde atrás, colocándose el primero ante el asombro del respetable— y, para el que quiera, se ofrece también el cáliz con el vino. No es raro encontrarte a un coronel americano oficiando de monaguillo.

Escapulario de San Jorge
Foto: Pedro Erice

Finalmente, antes de irnos, hay una costumbre muy bonita que también revela la forma de ser del padre George. Llama a todos los que acaban de llegar al teatro de operaciones y los pone en fila mirando a los feligreses. Les regala un escapulario de San Miguel —hecho por asociaciones de mujeres de militares de los EEUU— y les pide que recen por ellos mismos, por todos sus compañeros desplegados y, sobre todo, por sus familias, que lo están pasando peor que ellos. Aplaudimos. Llama después a los que se van del teatro en la siguiente semana y es su última misa aquí. A éstos les regala un rosario, da gracias a Dios por haberles ayudado a finalizar la misión y a ellos por el sacrificio realizado —hay americanos que despliegan por dos años, casi “ná”— y, aquí está para mí la grandeza, rezamos una oración con él por todos ellos, para que lleguen sanos y salvos a sus hogares y para que puedan reiniciar sus vidas con sus familias. 

No rezamos por los que se quedan, que estamos para lo que estamos y lo que tenga que pasar, pasará. Hay que rezar por los que vuelven, porque se lo han ganado. Aplaudimos. A veces co-oficia un cura croata que parece un levantador de peso —es bueno tener un "deputy", dice el páter George con cierto cachondeo—. Y, cuando termina la misa, ahí está el páter George en la salida, de nuevo, para darnos un abrazo, las gracias y citarnos para el domingo siguiente. Entonces, sólo queda correr, porque el comedor lo cierran a las 14:00 y la misa acaba a menos cinco.

Hablando de polacos, quedé en contaros algo de mi nuevo “compi” que, como era de esperar, no me está defraudando. Os cuento: hace unos días estuve un poco malito. Gripe o algo así. O, simplemente, un bajón de respirar la cantidad brutal de mierda que hay en el aire. Dariusz, que así se llama, me debió de ver un poco jodido en el ordenador, así que a la mañana siguiente me trajo una pastilla de algo. "Drugs for you, man". Automedicarme internacionalmente es algo a lo que no puedo resistirme. Me dijo: "Yo me tomo una pastilla, pero tú, que eres más pequeño, tómate media hoy y media mañana". 

Y eso hice. ¡Mano de santo, oye! Hoy me he tomado la segunda mitad y me encontraba tan bien que me he ido al gimnasio. Suelo correr en la cinta unos 40 minutos sin pasar de 160 pulsaciones por minuto, lo que me supone hacer el hámster a un ritmo normal, que alcanzo progresivamente en el primer kilómetro. Pues bien, empiezo a correr y, casi sin sudar, ya había alcanzado esas pulsaciones. "¡Qué raro!”, pensé. “Será la resaca de la enfermedad o el calor especialmente agobiante que hace hoy en el gimnasio". A los diez minutos estaba ya a 180 pulsaciones y a la media hora lo he dejado porque no conseguía bajarlas.  Después, en el trabajo, se lo he comentado a Darek —así le llaman los amigos y así quiere que le llame—. "¿Qué has ido al gimnasio habiendo tomado tropo-men-tazol?", me dice descojonado —ya os he dicho que aquí todo el mundo se descojona cuando estás a punto de morir— ¡Estás loco! ¿Y qué tal el corazón?” "Pues como una moto, Shrek de las pelotas".

Nos hemos echado unas risas más y después, un poco arrepentido por no advertírmelo, me ha traído una botella de litro de aloe vera al 99%. Se ha traído seis de Polonia. Me explica: "Me las ha recetado nuestro médico militar para limpiar de gérmenes el organismo. Como aquí no podemos beber un vaso de vodka, dice que esto hace, más o menos, el mismo efecto". "¡Olé vuestros güevos!, muchas gracias Darek, te debo unas cervezas" le dije. "No", me contestó todo serio. "Esto no se paga. Es un regalo entre nosotros. Entre hermanos de armas".

Ahora en serio, me ha emocionado el jodido gorila. Misiones en Congo, Sudán, Irak —donde por una decisión política les dejamos colgados de la brocha en la brigada que compartíamos— y tres en Afganistán, donde abrió el teatro con su task force en Ghazni, y me llama su hermano de armas. Lo escribí en uno de mis primeros artículos del blog, Polonia tiene algo especial para mí. El animal que tengo al lado, con un corazón que no le cabe en sus cien kilos de “carnaca”, me ha confirmado el porqué. Os aseguro que, si ya iba tranquilo con mi tirador siciliano, con Darek he hecho un buen binomio. Sé que me cubrirá la espalda sin duda alguna. Y os aseguro que yo la suya. Hasta el final.

sábado, 7 de noviembre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 4

Desde que volvió de su permiso mi jefe italiano —si, ese permiso que yo no tengo y él sí, aunque él despliegue sólo cuatro meses—, ya no utilizo el MOVCON. Ahora nos movemos en la "macchina", un Toyota Land Cruiser que tiene aquí a su disposición. Con ello ganamos flexibilidad e independencia y, por qué no, seguridad. El nuevo procedimiento es el siguiente: Tenemos el coche aparcado cerca de nuestro garito, así que quedamos allí para equiparnos y chequear en el ordenador las amenazas en Kabul para el día y el estado de las rutas. Por supuesto, seguimos llevando el chaleco, la pistola con dos cargadores y, ahora sí, el fusil con cuatro cargadores. Él, además, lleva una bolsa con otros cuatro cargadores más. El muy cachondo, partiéndose el culo, me dice, "lo siento, no son compatibles con tu HK". A lo que yo le respondo "Giuseppe, don't worry, tu eres más grande (mide más de 1,80 m.), cuando te agujereen el culo no tendré problemas ni de armamento ni de munición". Vamos enlazados por radio con la central del MOVCON por si hubiera algún problema. La verdad es que si, con lo que llevamos encima y la correcta disciplina de fuego, no somos capaces de aguantar en una situación de emergencia hasta que llegue la caballería, es que la cosa esta muy malita. 

Es blindado, pero el coche es blanco y discreto, sin antenas ni inhibidores que nos delaten a distancia. Como él, hay decenas por Kabul. Así que nos montamos en el coche, nos echamos por los hombros una pashmina para tapar el uniforme, los parches y los cargadores —Giuseppe esta cabreado conmigo porque me compré una roja y blanca y dice que canta mucho. ¡Y me lo dice él, que cuando se pone la suya parece una mesa camilla! "Es que yo admiraba mucho a Arafat…", le digo con sorna… Se pone de los nervios— y nos ponemos en marcha. No llevamos casco puesto y, dependiendo de la hora, ni siquiera gafas de sol. Por eso de mimetizarse con el paisaje y paisanaje. Un yankee no, pero nosotros dos podemos ser afganos sin pegas. 

Aunque pueda parecer lo contrario, ambos creemos que es una forma más segura de moverse que el MOVCON. Es más discreta, no estás sujeto a rutas fijas y respecto a la capacidad de reacción en caso de emboscada, yo sé cómo tiro y él es el jefe de tiradores en la unidad de carabinieri equivalente a la Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil. No creo que los chavales del MOVCON lo vayan a hacer mejor. Encima el tío cachondo lleva instalada una cámara de vídeo en el coche y va grabando el trayecto. Ya le pediré una copia de alguno de los viajes, porque conducir en Kabul es digno de verse. 

Pero hace dos días probé una tercera opción. En nuestro HQ de SOF tenemos tres vehículos, también blindados, con conductores y escoltas australianos. No funcionan como el MOVCON, sino independientes. El trayecto que hice fue de unos diez kilómetros por una carretera de doble dirección, de tierra, con unos baches enormes y continuos, el tráfico de la M-30 y la variedad de vehículos de un tiovivo —incluido el burro, la bicicleta, el carrito, la “fragoneta”, el motocarro, el colega recogiendo los tickets, etcétera—. En cuanto sales de KAIA ves que no, que no es de dos carriles, que es una highway de cinco carriles intercambiables en cada dirección. Se adelanta por donde se puede, se evitan los baches haciendo zig-zag, los coches se paran para subir o bajar gente, los peatones, ciclistas, vendedores ambulantes, cruzan sin problemas por donde les apetece... Y en todo ese berenjenal, mi blindado conducido por Mad Max y con Cocodrilo Dandee de copiloto diciéndome cosas en su inglés incomprensible, muerto de risa —aquí todo el mundo se descojona cuando coge un coche. No sé, será por no hacerse caquita— mientras entrabamos justos entre un jingle truck de frente y un, digamos preocupado, tipo en moto, con media familia encima, a punto de sumergirse en uno de esos profundos baches. Yo, impasible el ademán, apretando el esfínter un poquitito más de la cuenta, también sonrío y le digo: "Hurry up, buddy, we're late", que para eso soy heredero de los que "todo lo sufren en cualquier asalto, sólo no sufren que les hablen alto..."

Hoy ha sido un suboficial británico que se llama Chris el que me ha traído por la "autopista" que os cuento, con una conducción que ni Carlos Saiz. De estatura media, cuarenta tacos largos, barba poblada y barriguilla incipiente, es un profesional de cojones. Íbamos en el coche los dos en los asientos de delante —venía también aprovechando el viaje un capitán americano, negro como mi alma, que mandé atrás— y, después de tener que decir cinco veces en dos minutos "say again" en nuestra conversación, le pregunté que de dónde coño era. "Glasgow, sir. I know I’ve a strong accent". "Strong? Fuck you motherfucka", cabronazo, si no hay forma de entenderte jodido escocés. Y se reía. Acabamos hablando de sus vacaciones en Benidorm y Menorca y de que los del Celtic son una panda de maricones —él debe ser de los Rangers—. 

Pues bien, ya empiezo a reconocer a los "tough but wise guys" del lugar y este es uno de ellos. No los de Hollywood, que por KAIA hay muchos, de esos vestidos en “Coronel Tapioca”, que llevan dos pistolas, tres machetes y las Oakley de espejo… pero se giran cuando suena la sirena y oyen el "incoming, incoming, incoming". A los buenos, nada más tienes que verlos cuando se preparan para salir en el coche o cómo llevan el equipo. Cómo se colocan el fusil en el lateral de la puerta, se calzan las gafas balísticas, los guantes de combate y se ponen a conducir. Sí, con gorra de béisbol y barriguilla, pero es gente que transmite experiencia de la de verdad por todos sus poros. Sinceramente, cada vez estoy más convencido de que es mejor utilizar los medios de mi tribu. La sensación que da ir con los tipos "más cabrones del valle" no es comparable con la que dan los chavalitos del MOVCON. Mejor coche sí, pero ya está. Yo con mi siciliano, Chris, y los ozzies de la "cúpula del trueno". 

La verdad es que sí estoy haciendo "amiguetes" o, por lo menos, hay mucha gente que me llama Pedro, que para estos tipos de boca retorcida es jodido de narices. Deben de pensar: "Mira este cabroncete bajito… Tiene gracia, el jodido español…" 



sábado, 31 de octubre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 3

IJC HQ Kabul International Airport

MOVCON es el acrónimo que se utiliza aquí para denominar al servicio de movimientos terrestres que proporciona el ISAF JOINT COMMAND –IJC– para moverse por Kabul. Pensad que la capital concentra más de cinco bases militares, los ministerios afganos, las embajadas y otros organismos relevantes…, o inútiles, como UNAMA (la misión de Naciones Unidas) y la asistencia a reuniones en ellos son constantes. En los días de relevo y hasta que llegó mi jefe, utilicé este servicio unas siete veces. Es relativamente sencillo: solicitas el día anterior el transporte especificando el horario y lugar de destino –en mi caso la mayoría de las veces voy al ISAF HQ en la "Green Zone", (como he dicho, yo estoy en el aeropuerto –KAIA–)– y ellos agrupan destinatarios y horarios y te comunican las horas de partida y regreso y las paradas intermedias, si las hay. Es una especie de taxi colectivo.

A la hora señalada, con chaleco antibalas, casco y pistola (el fusil en este tipo de movimientos no hace falta o, mejor dicho, no quieren que lo lleves), tienes que estar en el pick-up point, donde te esperan dos coches todoterreno civiles blindados con toda la parafernalia de inhibidores. Algunos llevamos los guantes y las gafas balísticas y los que han tenido alguna experiencia cercana con Artefactos Explosivos Improvisados (IED) incluso los tapones en los oídos. 

Mecanismo de lesiones. Philos Trans R Soc Lond B Biol Sci
 2011 The Royal Society

Puede que alguno se cachondee, yo no. Conozco perfectamente  el motivo de estas prevenciones tan simples. Si nos vuelan el coche en Kabul y seguimos vivos, las estadísticas dicen que posiblemente estemos inmersos en un ataque complejo (varios tipos de ataque combinados), es decir, van a intentar rematarnos a tiros o emboscar a quien venga a ayudarnos. Así que, si no estamos muy malitos, necesitaremos ver, oír y usar nuestro armamento. Aparte de las heridas normales que puede producir una explosión (laceraciones, contusiones, fracturas, quemaduras, compresiones…), lo seguro es que habrá una proyección de cristales que afectará fácilmente a nuestros ojos, un sonido brutal y una sobrepresión que nos dejará sordos, así como unos destrozos en el coche que nos lesionarán las manos en cuanto las apoyemos para salir. Usar las gafas balísticas (buenas también por el sol), los tapones y los guantes, además del chaleco, el casco y el cinturón de seguridad, pueden significar la diferencia entre tener alguna oportunidad o ninguna. Si, encima, llevas el torniquete configurado para ponértelo con una sola mano (y te has adiestrado para hacerlo), puedes decir con tranquilidad que eres un tío “matizao”. Pero es difícil ver a gente así. Casi nunca pasa nada…, hasta que pasa.

Ataque contra el autobus blindado de IJC HQ el 29 de
octubre 2011. Foto: M. Hossani/Agence France Press
  

Antes, el sistema de transporte era un autobús blindado que parecía sacado de la película de Mad Max, pero en octubre del año pasado lo volaron y mataron a diecisiete de sus pasajeros. Ahora son tandas de dos vehículos, aparentemente más discretos (aunque las antenas de los inhibidores van “cantando” nuestro paso).

ISAF SOF. NIU PRC KUNDUZ. TF-47
Foto: ISAF

El responsable del convoy, un corporal o sergeant (cabo 1º o cabo mayor), norteamericano normalmente, pasa lista, te da una pequeña charla de seguridad (en la que te dicen que en caso de ataque te quedes sentadito, que los que reaccionan son ellos) y pide que embarquemos. En cada vehículo va un conductor y un escolta con arma larga. La primera vez que lo usé, yendo con el comandante al que relevaba, me dijo: "Ya verás como todos se pegan por ir en el segundo coche". En efecto, mientras los dos españolitos nos subíamos tranquilamente en el primer coche, que además era el más moderno y cómodo, el resto esprintaba para subirse al segundo. Al poco tiempo, el más lento de los “corricolaris” aparecía por la puerta de nuestro coche. "¿Y esto?" –le pregunté. "La estadística de los ataques con IED en este tipo de convoy muestra que la insurgencia tiene clara predilección por volar el primero". "Cool" –respondí. Y, en efecto, todas las veces que he utilizado este tipo de transporte se ha cumplido lo que me dijo mi predecesor. A la ida y a la vuelta.

Así que, como una bonita tradición, cuando tengo que utilizar el MOVCON (cada vez menos, ya os contaré por qué...) y los conductores, no sin cierto cachondeo, ofrecen los coches para el embarque, yo siempre me subo directamente en el primero. Ellos y sus escoltas, que hacen estos trayectos hasta cinco veces al día, no dicen nada, pero se miran. Intenté confirmar la teoría cenando un día con un cabo 1º español (licenciado en derecho y con dos idiomas, por cierto) que lleva cinco meses y pico haciendo este servicio, y con una sonrisa picarona, me dijo que eran tonterías. Pero también me habló de la tensión que acumulan día tras día, con la sensación de ser una bola del bingo que pueden cantar en cualquier momento. Esto sí me lo decía muy serio... Puede ser que todo sea una "leyenda urbana", pero cuando termina el trayecto y me bajo, la pareja de mi coche siempre se ha despedido de mí con unas palabras amables y una sonrisa, que yo les devuelvo con un apretón de manos y una mirada de complicidad.

Creo que también es hora de hablaros de mis compañeros de CJ5 Planes. El jefe es un comandante italiano de la unidad de tiradores de
Miembros de la TF-45 italiana de ISAF SOF
tras un combate con insurgentes.
Foto: opdownrange
los Carabinieri. Alto, con la barba milimétricamente cuidada y un purito en los labios, siempre va impecable como buen italiano. Es un buen tío. Ya en el final de su misión (vienen por cuatro meses con un permiso de dos semanas, no seis del tirón, como nosotros), me ha acogido como si fuera de la familia. Yo creo que, como es siciliano, mi apellido le recuerda a su casa… Cuando el jefe del estado mayor, que también es italiano, viene a hablar con él parece que estoy en medio de una película de Visconti. Lo único a lo que no me acostumbro es a que se despida de mí con un “¡ciao bello!”... Del comandante polaco os hablaré el próximo día, pero os adelanto que el cabronazo de mi jefe ha decidido que tenía que poner mote al "trío calavera" de Planes, así que al polaco le ha puesto Shrek (grandote, más bruto que un arado, pero excelente persona), a mi Yoda (porque soy pequeño y sabio, dice el muy “mariconzón”) y él, Ali Baba (él sabrá por qué…). La verdad, es que, entre tanto angloparlante, somos un grupo curioso y, lo que es más importante, hemos conectado muy bien.

miércoles, 28 de octubre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 2


SOLDADO FRANCES EN AFGANISTÁN                                        FOTO: www.bbc.co.uk

Aunque es temprano, hace tiempo que amaneció en Kabul. Esta vez, por ausencia del COMISAF[1], general de cuatro estrellas John R. Allen, y del DCOMISAF[2], teniente general británico Adrian Bradshaw, preside la videoconferencia de actualización de la situación el teniente general francés Oliver de Bavinchove, actual jefe del Eurocuerpo, ahora desplegado en Afganistán como COS[3] del cuartel general de ISAF. 

A los pocos minutos de iniciarse la videoconferencia, un oficial norteamericano que está describiendo la actividad enemiga termina su frase de la siguiente forma: “and exploit French withdrawal (…y explotar la retirada francesa)”. Inmediatamente, el general de Bavinchove interrumpe y solicita, en español diríamos ordena, que toda referencia que se haga al “movimiento retrógrado” francés, impuesto por el presidente de la República François Hollande tras su victoria en las pasadas elecciones, no se utilice la palabra “withdrawal” (retirada), sino “redeployment” (redespliegue). 

PATRULLA FRANCESA EN KAPISA.        FOTO: JOEL SAGET / AFP /  GETTY IMAGES
Tres reflexiones inmediatas me produjo la tajante intervención del general: primero, cómo podemos tener la misma apreciación de esa situación un general francés y un comandante español cuando, desde nuestra acelerada vuelta a casa desde Irak en 2005 hasta hoy, no he oído un comentario público similar en España. Ni a civil ni a militar. Segundo, quizás por la razón anterior, una gran empatía con la pesadumbre que, seguro, sentía en esos momentos. Pesadumbre que conocemos bien los militares españoles por el redespliegue antes mencionado. Y tercero, una gran admiración, al ver cómo un general es capaz de defender el honor de su ejército hasta en el detalle más pequeño y ante cientos de oficiales de las cuarenta y pico naciones que forman la coalición. Alguno pensará: “Que se jodan los gabachos y que traguen mierda como la tragamos nosotros”. Posiblemente si estuviera en España pensaría algo así… o no. No lo sé. Pero aquí, cuando cada poco tiempo tengo que acercarme a mi tocayo Pierre, oficial de enlace de una unidad francesa, y darle el pésame por otro soldado francés caído en combate, no. Aquí no puedo pensar así. 

Llevamos muchos, demasiados muertos, como para andar con frivolidades. Más aún, me siento mucho más cerca del gabacho, del británico, de los ozzies[4] de inglés endemoniado, del polaco, del italiano (que por cierto es siciliano), etcétera, que de la panda de “hijosdelagranputa” que pululan por nuestro suelo patrio y que la crisis ha destapado en toda su bajeza. Por supuesto, y más que de nadie, estoy cerca de los “paracas” de Qala-e-Naw, con los que viajé hasta Herat. Del suboficial fallecido hace una semana, del soldado herido ayer, de todos ellos desplegados en el frente. Sigo las noticias del Mando Regional West con especial cariño e interés. 

SOLDADOS ESPAÑOLES EN AFGANISTÁN.        FOTO: www.leonoticias.com
En algún momento de la historia reciente nos caímos del carro del liderazgo militar. Es la segunda vez que lo pienso desde que estoy aquí. Y me vuelvo a referir al liderazgo estratégico, al de altura, al que marca la excelencia en el prestigio y la ejemplaridad en el ejercicio del Mando con mayúsculas. A ese me refiero. Del de “trinchera”, como he dejado también por escrito muchas veces, seguimos bien servidos. Admiro la capacidad de decisión y de asunción de riesgos que, por cierto, no es otra cosa que ejercer el mando, de algunos generales extranjeros aquí desplegados. Y aunque nosotros, militares españoles, tenemos parte de culpa en la actitud pasiva, dócil y, a veces, servil que hemos adoptado, el vacío que hay detrás de aquel que debe decidir, el escalofriante silencio que existe a su espalda, sólo roto por el resbalar de la guadaña política sobre el pedernal, atenaza al más pintado. 

No, como dijo Morton Abramowitz, no es un gran día para los héroes. El problema es que, en España, no lo es siquiera para los valientes. 




[1] COMISAF: (International Security Assistance Force Commander). Jefe de las fuerzas de ISAF
[2] DCOMISAF: (International Security Assistance Force Deputy Commander). Segundo Jefe de las fuerzas de ISAF.
[3] COS: (Chief of Staff). Jefe del Estado Mayor
[4] Ozzie: Apodo con el que se conoce a los australianos.


martes, 27 de octubre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 1

Hoy para empezar me gustaría escribiros una reflexión. Mirad que llevo relativamente poco tiempo aquí y ya he visto, de forma cristalina, cómo en algún momento de la Historia reciente, España se cayó del carro del liderazgo militar. Sí, del LIDERAZGO que se escribe con mayúsculas y sale en los periódicos y en los libros de Historia. No me refiero al liderazgo “embarrado”, al de nuestros chicos desplegados en Qala i Naw y los Puestos Avanzados de Combate (COP), que en ese sigue sin hacernos sombra nadie.

Aquí, a mi “monoestrellado” general COMISAF SOF (es ahora australiano, pero lo mismo pasa con los británicos o los norteamericanos) no le tiembla el pulso en autorizar una operación de "matarile-rile-rón" –kinetic strikes las llaman, me descojono–, incluso en contra del dictamen negativo de nuestro asesor legal (no es vinculante; la responsabilidad recae en el jefe). Si es necesario se “retuercen” los parámetros de la operación para ser él quien decida el “GO” –esa señal que desata “ira y fuego”– y no escalones superiores, porque el tiempo haría que se perdiese la oportunidad. Pensad que, a partir de un nivel, los talibanes saben que son objetivo permanente (miran al cielo más que un meteorólogo, sabiendo que siempre hay un Predator o un Reaper con “eyes on target”). Así que los muy cabritos viven rodeados de mujeres y niños para evitar el palo. Por eso, si hay suerte y de repente el tío se monta en una moto y se traslada de una aldea a otra, la decisión de meterle un “hellfire” por donde duele tiene que ser instantánea, porque desaparece en minutos. Lo mismo ocurre en aquellas acciones directas que se ejecutan próximas a la frontera pakistaní o a determinadas instalaciones civiles. Me admira ese paso adelante, ese “la decisión es mía”, consciente de que siempre le acompaña la responsabilidad del resultado. 

Pero claro, aquí, prácticamente a diario, ISAF tiene sus KIA –Killed in Action–. Y eso, para un comandante de fuerza, es devastador. Detrás de las estadísticas hay bolsas negras y, tras el cuerpo que va dentro, una familia destrozada. Por suerte, y el gran jefe lo sabe, tiene en su mano a los mayores cabrones-motherfucka que hay en este puto país. Y, sinceramente, yo me siento muy orgulloso de contribuir, formar parte de ese “selecto” grupo y llevar el mismo parche que ellos. Tendríais que oír al general John Allen (comandante de ISAF) hablar de sus chicos de operaciones especiales… Y mientras, mi antecesor y ahora yo, peleándonos para que España ponga aquí una unidad de operaciones especiales. Y en vez de impulsarlo, el que no nos hace la cama, nos cortocircuita o le vende a los que pueden decidir el cuento de que somos unos "shadow killers". En fin, es lo que hay.

Tras la “rajada”, sigo contándoos mi día a día. En el Kabul International Airport despliega el ISAF Joint Command (IJC) –segundo nivel de mando del Teatro después del ISAF HQ, que se encuentra en la “green zone” de Kabul– y nos ceden un huequito chiquitito al Cuartel General de las Special Operations Forces. Somos pocos, pero en general, bien avenidos. Como mandan los procedimientos, nuestra zona de trabajo está aislada. Está bien, porque eso le da un punto más al halo “misterioso” que nos rodea. Sí, ayudan los códigos en las puertas…, y poner la mirada de los mil metros cuando alguien te pregunta algo. Así,  he conseguido que no sepan si es porque, en efecto, soy un special operator o es porque no me he enterado una mierda de lo que me han dicho...

¿Y cuál es mi horario “tipo”? Pues me levanto a las 06:20, una ducha y el afeitado correspondiente en los lavabos comunales (hablaré en el futuro de ellos). Por cierto, sobre la ducha, no me moló nada, nada, el cartel que hay en cada una de ellas. Prohíben tres cosas: beber el agua (normal teniendo en cuenta la cantidad de desinfectantes que le echan), orinar y sonarse los mocos: “¿Con quién cojones convivo? ¿No os podéis duchar, simplemente, cabrones?” No sé por qué, pero creo que haberme pillado unas chanclas de “plataforma” habría sido un acierto. 

Me doy mi paseíto al DFAC –Dining Facility– para desayunar y vuelvo a la habitación para lavarme los dientes (y así estar en “zona segura” por si algo de lo ingerido quiere ver la luz antes de tiempo, nunca se sabe). En cualquier caso, a las 07:30 estoy sentado en el JOC para la primera videoconferencia de la mañana, que suele durar menos de media hora. Sobre las 10:10, cuando sale el “battle captain” español del turno de noche, me tomo un capuccino o un té con él. Al ratito vuelvo al curre, ya hasta las 13:00, cuando nos vamos a comer. Sobre las 14:00, más o menos, vuelvo al SOF corridor, donde está mi puesto, hasta las 16:30 que me voy a cambiar para ir al gym. Ducha, cambiarse otra vez y, antes de las 18:45, de vuelta para el Commander's update, que empieza a las 19:00. Cuando acaba, entre 19:45 y 20:00, nos vamos a cenar. Vuelvo para dar el último empujón, que me lleva hasta las 22:30. De camino a la habitación, paro en los locutorios y llamo a la familia. Es la hora adecuada porque pensad que hay, ahora, dos horas y media de diferencia y, en invierno, tres y media (es decir, cuando aquí llamo a las 22:30, allí son las 20:00). Después de la dosis de morriña, llego a la habitación: aseo, cambiarse, leer el correo, las noticias de España, un capítulo de una serie o si tengo fuerzas, como hoy, escribiros. Me acuesto sobre las 12:30. Poco tiempo para mí, la verdad.

Para que entendáis un poco los tiempos y distancias, mi dormitorio está a unos cinco minutos del comedor, ocho del despacho y trece del gimnasio, con lo que vas mucho de aquí para allá. Y esto es lo que hay. En este horario "tipo" hay que meter las reuniones externas, internas, las salidas, los “apretones” por misión y alguna variación que hay los días “sagrados” –viernes principalmente, y menos los domingos– en los que puedes levantarte un poco más tarde (aunque yo soy un desgraciado y los domingos tengo una reunión en Kabul que me obliga a levantarme a las 5:20). Veis que “rompo” el horario todo lo que puedo, e intento no estar más de tres horas seguidas sentado. La misión es larga y mi experiencia (y la de mi relevo) me dice que es lo correcto. 

Por lo demás, me acuerdo mucho de mi chica. Pienso en las cosas que le gustarían de aquí (pocas), lo que diría de determinada gente que me cruzo (la fauna de KAIA es flipante), qué elegiría en la zona de las ensaladas del autoservicio o qué cereales escogería por la mañana. Pienso en cómo se alegraría de ver cómo cuidan a los perros de trabajo (hay de explosivos, drogas y ataque), que tienen sus perreras climatizadas y la única piscina que hay en KAIA para su uso exclusivo. No os podéis imaginar la cantidad de vidas que salvan. Y en el recuento de muertos y heridos del día tienen la consideración de un combatiente más. Consideración bien merecida... y al que no le guste, que le den.

También me acuerdo de la peque cada vez que salimos y veo niños. O en el update diario cuando cuentan que otro hijo de puta se ha volado llevándose algún chaval por delante o que directamente lo han usado para llevar una bicicleta bomba hasta los chekpoints de la green zone. Todos, los cinco, perritos incluidos, tendríamos que estar dando gracias a Dios, y no parar, por la vida que nos ha tocado vivir. Con "apretones" y todo. Aquí, yo ya estaría rozando la esperanza de vida y la peque hubiera muerto en un parto clandestino o justo tras él. De adopción, ni hablamos. A mi chica, la verdad, no la veo con el burka ni "harto de grifa", y esa “rebeldía” le hubiera costado un tiro en la nuca de cualquier talibán. Estando aquí entiendes el porqué de muchas cosas. No sé si estaremos perdiendo la guerra, pero lo que sí sé es que se ha hecho mucho bien por la gente de este país. Alguna cagada, por supuesto, pero en general, mucho bien. Y el precio es sangre. Pero, como te digo, con sólo darse una vuelta puedes entenderlo, quien quiera entenderlo. Cuidaos mucho por ahí, que yo aquí ya voy armado… 

(Continuará)

sábado, 24 de octubre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! INTRODUCCIÓN

Han pasado ocho años ya desde mi misión en Afganistán. Tiempo suficiente para que lo que escriba ahora sea inocuo y valga sólo para recordar un periodo intenso de mi vida e intentar que el lector pase un buen rato. 

Escribir siempre me ha relajado. Traduzco mejor mis sentimientos enfrente de un papel que de viva voz. Además, como últimamente me emociono con facilidad, puedo explayarme sin recato en mi buscada soledad. En el caso de esta misión, escribir fue casi terapéutico. Me quitaba horas de sueño, que sin duda necesitaba, para escribir a mi familia y amigos íntimos mis pensamientos y experiencias. Fue una serie de correos que titulé “Jesusito de mi vida, ¡Jesús qué vida llevo!” La frase era original de Pablo Carbonell y se la cogí prestada a su grupo “Los toreros muertos” del disco Por Biafra. Me venía como anillo al dedo... 

Ahora que los he recuperado del “fondo” del ordenador, voy a intentar juntarlos y dar un poco de coherencia a la historia (por ejemplo, he incluido esta introducción –en su momento innecesaria– para poner un poco “en ambiente” al lector ajeno a todo esto). Es importante entender también las circunstancias en las que escribía y a quién iba dirigido. Las expresiones, las licencias que a veces me tomo, el tono sarcástico o sombrío dependiendo del día…, todo era fruto de un entorno complicado, del cansancio, la tensión, el aislamiento, la preocupación… El teclado era la válvula por la que salía ese punto de sobrepresión que me permitía trabajar cada día al 200%. Ahora sólo espero recordar…, y que les entretenga.   

 En 2012 (año 1391, según el calendario afgano, variante yalalí del calendario persa) desplegué durante seis meses en la base que la International Security Assistance Force (ISAF) tenía en el aeropuerto de Kabul. En el infierno de acrónimos que inunda el mundo militar (y del que en esta serie de artículos podrán disfrutar de lo lindo) era KAIA.

Mi puesto era de CJ-5 Plans Deputy Director dentro del Cuartel General de Operaciones Especiales de ISAF (ISAF SOF). Segundo jefe de planes, para entendernos. ISAF SOF era una de las tres tribus (sí, así se denominaban, The Three Tribes) de operaciones especiales que operaban en Afganistán. Las otras dos eran el Mando Componente de las Fuerzas Combinadas de Operaciones Especiales en Afganistán (CFSOCC-A) y la Task Force 3-10. Podemos decir que, como OTAN, nosotros éramos los más internacionales, los más visibles y los que teníamos un espectro de misiones más amplio, centrado en dotar a las Fuerzas de Seguridad Nacional Afganas (ANSF) de unas unidades con capacidades especiales, útiles en su lucha contra la insurgencia y en la protección de la población. Los otros, especialmente la TF 3-10, eran los verdaderos “badass” del barrio.

En ISAF SOF sólo estábamos tres españoles. El primero, un capitán perteneciente al Escuadrón de Zapadores Paracaidistas (EZAPAC) del Ejército del Aire. Un verdadero “máquina”, con varias misiones en el teatro como Joint Terminal Attack Controller (JTAC). El tío se tiró los seis meses en el turno de noche del Centro de Operaciones Conjunto (JOC), que es ese sitio lleno de pantallas, teléfonos y oficiales de enlace de los Special Operations Task Groups (SOTG) unidades sobre el terreno que planean y ejecutan las misiones desde donde se monitorizan las operaciones en tiempo real. Entraba a las diez de la noche y, cuando salía a las diez de la mañana, todavía le quedaban ganas de meterse una paliza con el TRX. El segundo, era un capitán de Inteligencia del Ejército de Tierra. Trabajaba en la SOF Fusion Cell, una especie de colector de información de las fuentes más diversas que se puedan imaginar. Llegaban toneladas de información y salían “diamantes” de inteligencia. Era otro “máquina” en lo suyo.  Estuvo tiempo, prácticamente los seis meses, llevando su área de responsabilidad (Regional Command West –RC West–, el de nuestros chicos) y la de un segundo RC, el North. Era “hijo del Cuerpo” y eso se notaba… Trabajar con él era siempre una garantía. Y, por último, estaba yo. Un comandante “del montón” en un mundo aparentemente hostil de yankeesbritsozzies y algún kiwi perdido…, pero, eso sí, en ganas, no me superaba nadie. Pues visto un poco el percal y mareados en el mar de siglas, vamos al lío:

lunes, 8 de junio de 2020

CARTA ABIERTA A MI AMIGO CARLOS RECALDE

Carlos en un alto. Curso de Básico Estival
de Montaña (Foto: R. Santisteban)
Queridísimo compañero, camarada, amigo Carlos:

Hoy me salto nuestras citas “regulares” de las formaciones, cuando conectamos en ese toque de corneta que me encoge el corazón, y he decidido escribirte. ¿La culpa? Ya sabes, esta bendita promoción que nos unió para siempre. Hoy ha sido Salva, en otras ocasiones, Manete. Todos los años por estas fechas, siempre hay alguno que nos pega un toque al resto y nos trae tu recuerdo. Sí, ya, no hace falta, pero el trabajo nos come y nuestras neuronas dan cada vez para menos… Todos lo agradecemos mucho, especialmente yo, que soy un desastre. 

¡25 años ya! ¡Qué barbaridad! Veinticinco años hace que este mundo se le quedó pequeño a tu gran corazón y te fuiste allí Arriba para poder ayudarnos mejor. Primero, a Marisa y María, ejemplo de entereza y serenidad durante todo este tiempo. Pude hablar con Marisa largo y tendido en las bodas de plata de nuestra salida de teniente. ¡Qué mujer! Ya te conté que tengo un amigo de la infancia en Irún. ¡Cómo me habla de vuestras familias! Yo, sonrío por dentro y pienso: “¡Qué me vas a contar…!”. Me encanta ver que tus chicas no han perdido el contacto. Te sonará a tópico, pero nada se plantea como promoción sin tenerlas en cuenta. Unas llamadas, unos correos, unos mensajes… ¡Y ahí está Marisa!

Carlos y yo a punto de salir para equitación. 1º AGM
(Foto: Pedro Erice)
Pero Carlitos, además, estoy seguro de que nos cuidas a nosotros. Antonio y tú, allí arriba, mano a mano, para que esta panda de soldados que formamos vuestra promoción, siga sirviendo a España. Y estoy seguro de que trabajáis duro porque no conozco una promoción igual. Alguno lo tengo más perdido, pero seguro que veis el papel que la XLIX está haciendo, ahora que hemos alcanzado puestos de mayor responsabilidad. Hace unas semanas veía a Javi por la tele, ¡el “albañil”!, ¿te acuerdas? Joder, parecía el ministro de Educación. ¡Qué tablas tiene ya, el tío, frente a las cámaras! Pues así, cada uno en su parcelita, todos. Quizás en cosas menos espectaculares y mediáticas, como Miner, que sacó a flote la compleja recepción de todos los nuevos vehículos de Infantería del Ejército, o Perico, que dobló despliegue en Irak —sé que velas por los que están fuera con un cuidado especial— y ahora está “remando” al lado del Jefe de Estado Mayor del Ejército. Menos espectaculares, como te digo, pero claves para que todo esto siga funcionando pese a la que está cayendo. Y dentro y fuera de las Fuerzas Armadas, que a España se la sirve de muchas formas y cada uno toma el camino que cree conveniente.

La sonrisa de Carlos. No la mostraba tan
abierta muy a menudo. Esta es del día en
el que nos entregaron, en 1ª AGM el
uniforme hidrofugado. ¡Picaba como el
infierno!
Reconozco que, a veces, echo de menos aquellos momentos en los que nuestra preocupación casi sólo era llegar a los puntos de una topográfica. Como aquella noche, de marcha por los barbechos toledanos —“y no atraveséis sembrados”, decían los “protos”…, je, je—. Tú llevabas el mochilón detrás y la placa de mortero delante. Como dijo el coronel Sánchez de Toca, en aquella magnífica conferencia que nos dio en la Academia de Infantería, nunca se sabe qué es peor, si el tubo o la placa… Pues ahí ibas tú, en un “bocadillo” pequeño —ni tú ni yo somos torres, reconócelo—, entre la mochila y la placa. Charlando, riendo y rajando…, que es lo que hacíamos los cadetes. Y, de vez en cuando, un "cigarrito pal pecho, por lo bien que lo hemos hecho”, que también te gustaba mucho eso del fumeteo. De repente, un tropiezo y de morros al suelo. La tierra arada, la placa y el peso de la mochila desplazada hacia delante formaron una "conjunción planetaria” que te dejó ahí clavado. No tenías forma de levantarte y, nosotros —ya sabes que un poco cabroncetes sí que somos—, disfrutamos el momento con unas risas.

L Curso Superior de Montaña. Día del accidente.
(Foto: JM G. Cabrero)
Nos recuerdo juntos en unas maniobras en Los Alijares. Un extraño lapsus de inactividad, los dos sentados en una ladera, mirando hacia la Ermita de la Virgen de Guía en ese momento mágico en el que el sol se pone en el horizonte y el frío empieza a calar. Fue una conversación pausada, seria, casi diría atípica para nuestros veintipocos años, sobre los cursos que haríamos al salir de la Academia. Mi propuesta sobre el de operaciones especiales no te convencía nada. El cigarrillo a los labios, calada profunda, negación y el humo saliendo pausado por tu nariz. Al final elegiste el superior de montaña. La bendita…, y la maldita montaña. Esa pared sur del Posets…

Estas y muchas otras escenas me vienen a la mente y siempre me provocan una sonrisa, cierta nostalgia… Pero nunca tristeza.

En fin, Carlos, no te entretengo más. Gracias por interceder por nosotros, dale un abrazo muy fuerte a ese armario empotrado que es Antonio y nos vemos cuando el Jefe diga. Estaré preparado y estoy seguro de que me jalonarás el camino en mi escalada. Hablamos en el próximo acto, cuando en el toque de oración, vuelva a fijar los ojos en el cielo con un nudo en la garganta… Cuídate, cuidaos. 

Un abrazo fortísimo de tu compañero, camarada y amigo,