ANTE TODO, SOBRE TODO, SIEMPRE... ¡ESPAÑA!
Al joven militar
–ya sea teniente, sargento o soldado– le sorprenderá esta pregunta. “Al tecol se le ha vuelto a ir la pinza” –pensarán
para sí, mientras me ponen la mejor de sus sonrisas. En efecto, en sus mentes
llenas de proyectos e idealismo, seguramente no haya lugar para esa pregunta,
ya que todos ellos tienen relativamente reciente su juramento a la Bandera:
“¡Soldados! ¿Juráis
o prometéis por vuestra conciencia y honor, cumplir fielmente vuestras
obligaciones militares, guardar y hacer guardar la Constitución como norma
fundamental del Estado, obedecer y respetar al Rey y a vuestros jefes, no
abandonarlos nunca y, si preciso fuera, entregar
vuestra vida en defensa de España?”
 |
| FOTO: A. Cortés. BPC-III Besmayah |
Si, a pesar de todo,
insistiera poniendo cara de orate, sus rostros se endurecerían y me responderían sin dudarlo: “Yo trabajo
para España” que, al fin y al cabo, es en lo que se concentra ese beso que, con
un escalofrío, dimos una vez a nuestra Bandera. Pero si esa misma pregunta la
hago a los antiguos del lugar, a los que la realidad ha ido golpeando, con
mayor o menor dureza, todos esos sueños, la mayoría me lanzaría una mirada
aviesa, a la vez que reluciría un colmillo más o menos retorcido por la
comisura de su boca. Saben a qué me refiero y no es plato que nos guste
recordar a ninguno. Y, desgraciadamente, todos los que peinamos canas en esta
querida empresa, hemos mojado pan en esa salsa… Así que he decidido escribir estas reflexiones,
a modo de mi última “de moral” para mis chicos del batallón “Cantabria” y de
despedida de este magnífico regimiento que es el “Saboya”.
“A España servir hasta morir”, el lema
tatuado en los corazones de nuestros
 |
| Lema que presidió la AGBS hasta diciembre de 2004 |
suboficiales no deja espacio a la duda. En
esos primeros pasos de nuestras carreras militares todos los objetivos
confluyen, y la Patria siempre aparece limpia y brillante en nuestro último
horizonte: trabajar para el pelotón, para la sección, para la compañía, prepararme
física e intelectualmente… Todo redunda en un beneficio simbiótico en el que la
persona, el entorno cercano, los cuarteles generales de las diferentes cadenas
de mando y funcionales y, por último, España obtienen su pequeño impulso. Es nuestro
granito de arena para una España mejor y más segura.
 |
| FOTO: BPC III. Preparando el despliegue en Irak en la ACINF |
Pero el tiempo pasa
y con él vuela esa primera capa de inocencia que envuelve a los recién salidos
del cascarón. Ascendemos y con los nuevos galones y estrellas empezamos a ser
conscientes de lo que significan las evaluaciones, el IPEC,
las cruces, menciones y felicitaciones, los idiomas, las misiones en el
extranjero… Llegan los miedos, las confusiones entre lealtad y servilismo o
compadreo –depende si miramos hacia arriba o hacia abajo–, o entre compañerismo
y colegueo. Aparecen también las
filias y las fobias –personales y de unidad– y junto a la asunción de nuevas responsabilidades,
se amplían igualmente las posibilidades de errar en nuestras decisiones. Las
órdenes, una vez indiscutibles, parecen no serlo tanto y muchas ponen a prueba
nuestra disciplina. En resumen, van apareciendo todo un conjunto de
circunstancias que pueden hacer que nos desviemos del camino recto. Camino que,
como un buen militar dijo una vez, consiste en:
“Elevar siempre los pensamientos hacia la Patria
y a ella sacrificarlo todo, que si cabe opción y libre albedrío al sencillo
ciudadano, no la tienen quienes reciben el sagrado depósito de las armas de la
nación, y a su servicio han de sacrificar todos sus actos”.
Así, esa visión
limpia de nuestro trabajo por España empieza a enturbiarse;
 |
| FOTO: Autor. Patrulla en Mostar 1996. SPABRI III |
ora porque el beneficio
del yo se antepone a todo; ora porque una amistad mal entendida o un
paternalismo dañino inclina nuestra balanza; ora, en fin, porque surge ese
patético “nosotros somos los más machos y el resto unos pistolos” que tanto daño ha hecho a unidades humildes y
trabajadoras. Y no quiero decir que en todas las ocasiones haya motivos
“oscuros” o mala intención en quien decide o dicta la orden. Ni mucho menos. Muchas
veces son simples errores, edificados sobre la base de un conocimiento parcial
de la situación o una información sesgada, y otras ocasiones… ¡Ya nos ocupamos
nosotros de auto-convencernos de que estamos haciendo lo correcto! Aparte del
siempre agradecido paso por las unidades, dediqué todo mi empleo de comandante
a los Estados Mayores del Ejército de Tierra y Conjunto y os aseguro que sé
perfectamente de qué estoy hablando.
 |
| FOTO: ISAF. Español en un orfanato en Kabul. El otro frente |
La consecuencia de
estos “deslices” es triple: Primero, traicionamos nuestra conciencia y honor.
El efecto en cada uno es diferente, pero lo que sí es verdad es que el “pinchazo”
moral que podemos notar al acostarnos en esa primera vez que “pequemos”, irá
desapareciendo en las siguientes. Para ser más gráfico, la primera vez nos
costará bajarnos los pantalones, pero en unas cuantas veces andaremos
comodísimos con ellos en los tobillos… Segundo, traicionamos la confianza que
nuestro entorno –superiores, compañeros y subordinados– deposita en nosotros. Y
que pierdan la fe en ti, duele. Creo que no hay nada peor que no poder mirarle
a los ojos a un subordinado. Y, por último, nuestro granito de arena al bien
común de España desaparece, en el mejor de los casos, o puede convertirse en un
palo en la rueda, en el peor.
Hablo aquí de
decisiones en primera persona pero, en muchas ocasiones,
 |
| FOTO: BPC-III. Preparando el despliegue en Irak. |
simplemente
recibiremos este tipo de órdenes desde arriba. Y seremos conscientes, perdida
la inocencia, de la finalidad última que encierran. En estos casos, el código
de comportamiento viene perfectamente reflejado en dos artículos de nuestras
Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas, aplicables uno, otro o ambos,
dependiendo del nivel de la orden recibida:
“Antes de que su jefe haya tomado una decisión,
podrá proponerle cuantas sugerencias estime adecuadas; pero una vez
adoptada, la aceptará y defenderá como si fuera propia,
desarrollándola y transmitiéndola con fidelidad, claridad y oportunidad para
lograr su correcta ejecución”.
“En el supuesto de que considere su deber presentar
alguna objeción a la orden recibida, la formulará ante quien se la
hubiera dado. Si su incumplimiento perjudicase a la misión encomendada, se
reservará la objeción hasta haberla cumplido”.
 |
| VCI PIZARRO del RI Saboya Nº. 6 |
Y ya está. Así de
simple pero así de duro. No, en muchas ocasiones no es fácil decir las cosas…
¡Ni que nos las digan! Nos creemos esculpidos directamente del fémur del Cid
Campeador y esos jarros de agua fría nos noquean el ego y nos devuelven a la
cruda y humilde realidad de nuestra existencia. Pero eso se llama lealtad y
nadie dijo que esta profesión fuera fácil…
¿Estoy exagerando? No,
sólo intento dejar claro el mensaje. Obviamente, la repercusión que tiene el que
un jefe de pelotón encuadre en su unidad para la siguiente operación al primo
de su cuñado –un poco “paquete”, la verdad–, en detrimento de ese soldado espectacular,
pero con un carácter que no le cuadra, es muy diferente a la de aquel que
bloquea una línea de financiación para que se beneficie otra más de su cuerda,
o impide la expansión de una capacidad de combate exclusiva pero necesaria para
varias unidades o
 |
| FOTO: BPC-III Besmayah. Con el CTS en Irak. |
intenta eliminar la esencia de esa unidad que tanta tirria le
da desde que era teniente. No, y os aseguro que no hace falta ser el Jefe de
Estado Mayor del Ejército para impulsar cosas así. Como decía, la repercusión es
diferente, pero el hecho en sí es igual. Le pegamos una patada importante a
nuestra escala de valores. En asuntos de moral –porque todos los que aquí
expongo pueden ser amorales o, incluso, deshonestos, pero son absolutamente
legales, ¡faltaría más!–, los parámetros varían enormemente de una persona a
otra. La altura a la que llevamos los pantalones que explicaba antes. Somos
capaces de “rajar” hasta el insulto del último escándalo de corrupción política
y a los dos minutos pedir esa factura sin IVA, que nos viene mejor…
 |
| FOTO: BIMZ I/6. VCI PIZARRO en ejercicio de tiro. |
Y aquí, aunque sea
de refilón, quiero recordar otra cuarta consecuencia que a veces pasa cuando
nos enfrentamos a una decisión y sufrimos lo que algún pedante llama “parálisis
por análisis”.
No queremos equivocarnos (o somos cobardes, pero este no suele ser el caso),
luego si no decido, no me equivoco. Y así, esquivo unas decisiones, dejando que
“fluyan” los acontecimientos; voy delegando otras, especialmente las
desagradables; y las de más allá las disuelvo en la socorrida expresión “el Mando
ha ordenado…”. Vuelvo a los dos artículos de las RROO que he citado
anteriormente. En mi opinión, esto es de lo peor en lo que puede caer un
militar con responsabilidades de mando. Desde el cabo jefe de escuadra al teniente
general. ¡Decidir! Responsabilidad y decisión van unidas y son la esencia del
ejercicio del mando. Lo he repetido hasta la saciedad estos años y lo repito
ahora. Ante la duda o la ausencia de órdenes tenemos que pensar, analizar rápido la
situación y actuar, porque estamos preparados para ello. Con responsabilidad,
porque cuentas se nos pedirán siempre de nuestras acciones u omisiones, pero tenemos que decidir. No decidir es siempre la decisión equivocada.
Mirando atrás, veo
que en mis ya más de 23 años de servicio, he tomado
 |
| FOTO: elconfidencialdigital.es. La Legión en combate subterráneo. |
decisiones dudosas. Como
supongo que todos, en mi descargo diré que siempre pensando en que hacía lo
mejor. También, analizando esos errores, he descubierto una manera rápida e intuitiva
de resolver mis dudas, siempre dentro de mi ámbito de responsabilidad. Sencillamente,
me pregunto: ¿Es bueno para España? Si la respuesta es claramente afirmativa o
negativa, la decisión es inmediata. Si me quedara alguna duda, me asesoro,
investigo y trabajo un poco más la decisión, pero os aseguro que es en muy
pocas ocasiones. También os aseguro que me he sorprendido alguna vez con
respuestas que no son buenas para mí y sí para la Patria.
Pero hay un caso
que, históricamente, despeja todos los intereses bastardos, reordena los
valores y deja salir la férrea voluntad del servicio total y último a España en
aquellos que mantienen en su interior la verdadera nobleza del soldado (quien
nunca la tuvo no suele dar la sorpresa. No esperemos milagros…). No es otro que
el combate. Fin último y prueba de fuego del militar. Nadie mejor que un
sargento medalla militar individual para definirlo:
 |
| Tte. Ángel Salamanca Salamanca |
“Amar a España y luchar junto a mi Bandera fueron los
ideales de mi juventud. Ideales que me dieron fuerzas para combatir en las
nevadas tierras soviéticas; para luchar hasta el límite de mis posibilidades.
Agotado y herido en el combate tuve la fortuna de ser distinguido por mis
superiores y ser propuesto para la Medalla Militar Individual. Mis méritos no
eran muy superiores a los de otros camaradas, pero como ellos, pude dejar
constancia de lo que un español es capaz de hacer cuando su alma se mueve
henchida por el espíritu de la Patria”.
Trabajemos para
España, pues. Con nuestros defectos y virtudes. Con
 |
| FOTO:Juanma Juguera. BIMZ I/6 en combate urbano |
nuestros aciertos y
nuestros errores. Con la ilusión del recién incorporado y la serenidad del
veterano. Rememos en la misma dirección. Que si la rompiente vuelca nuestra
balsa, achiquemos agua y volvamos al ataque. Una, otra y las veces que sea
necesario. Termino con un poema –posiblemente uruguayo o argentino, pero que
podemos aplicar perfectamente en la Madre Patria– que descubrí en los años
complicados del inicio de la profesionalización del Ejército. Cayó en mi poder
casi al mismo tiempo que iniciaba los primeros pasos como jefe de una compañía
en aquel momento escuálida y lo sentí como propio. Solo me queda ya desear que
este regimiento Saboya “viejo, herido, roto,
erguido” siga marcando la diferencia como lo hace y tatuando profundamente su lema en el alma de todo aquel que pasa por sus filas. Recibid el corazón de
vuestro teniente coronel, para siempre.
Póngase a discreción y
escúcheme soldado,
quiero hablarle de lo que está pasando,
no quiero verlo más con los ojos
tristes,
la cabeza baja y el corazón cansado.
Es difícil lo que voy a decirle
porque antes nunca había pasado,
y se hace difícil entender las cosas
cuando entenderlas hace daño.
Cuando usted se puso este uniforme
supo que tenía que vivir luchando,
y que en el trabajo de todos los días
no había lugar para el desgano.
Ya sé que el sueldo le queda corto,
que en cuartel se achicó el rancho,
y para tener bien a los gurises
tuvo que salir a changar
a otro lado.
Ya sé que quedan pocos hombres
y que entra de guardia con
veinticuatro,
y justo ayer se le enfermó la patrona,
y se terminó de completar el cuadro.
Esto, esto es el sacrificio
del que tanto le habían hablado,
es la frontera entre los débiles y los
fuertes,
entre ser civil o ser soldado.
Es el orgullo de sentirse hombre
a fuerza de aguantar los golpes bajos,
de caer y levantarse mil veces
sin que nadie lo vea derrotado.
Así es como se le sirve a la Patria
con el corazón fuerte y bien templado,
para aguantar de frente a los que ahora
nos quieren débiles y fracasados.
Ahora, si todavía tiene ganas
de sentirse un buen soldado,
vaya, agarre su fusil y venga conmigo,
tenemos que seguir entrenando.
JEFE
DEL BIMZ “CANTABRIA” I/6
[1] Esta es la fórmula en vigor que aparece en la Ley
39/2007, de 19 de noviembre, de la Carrera Militar. En mi caso, lo hice con la
fórmula de la Ley 79/1980, de 24 de diciembre, sobre la fórmula para jurar la
Bandera de España. Decía así: “¡Soldados!
¿Juráis por Dios o por vuestro honor y prometéis a España, besando con unción
su Bandera, obedecer y respetar al Rey y a vuestros Jefes, no abandonarles
nunca y derramar, si es preciso, en defensa de la soberanía e independencia de
la Patria, de su unidad e integridad territorial y del ordenamiento
constitucional, hasta la última gota de vuestra sangre?”. Qué queréis que
os diga, todavía me emociono leyendo este juramento, por Dios, que termina con
la rotundidad de “la última gota de vuestra sangre”.