martes, 26 de enero de 2021

CARTA ABIERTA A MI AMIGO ANTONIO MONTALBÁN

Queridísimo, Antonio, mi “armario empotrado” favorito:

Como me pasó con Carlitos –seguro que lo tienes ahí, a tu lado, fumeteando los dos como camioneros de los buenos–, no he podido esperar a nuestra cita del toque de oración. Cada vez hay menos actos con esta mierda del COVID y echo de menos saludaros... Hoy, tu tocayo Antonio, nuestro “primeraco”, ha abierto la mañana en el chat con unas preciosas palabras en tu recuerdo. Y no me he resistido. Te lo debía. Todavía atontado por la sedación de la colonoscopia que acabo de hacerme –no te descojones, grandullón; no, no me mola que me metan cosas por el culo, pero la edad y los antecedentes aprietan–, me he puesto a escribirte.

Mi “armario empotrado favorito”, recuerdo que te descojonabas, con esa risa abierta, franca y rotunda que te caracterizaba, cada vez que te llamaba así. Y es que, joder, ¡parecíamos un click de Famobil y el puto Geyperman! Pero, como suele pasar con los tipos enormes como tú, el tamaño es sólo una necesidad física para poder albergar un corazón descomunal. Porque, Antonio, tú eras eso, un corazón con dos enormes patas. Hasta cuando “rajabas” lo hacías con un punto de bondad que, a los “enanos reviraos” como yo, nos desconcertaba…

Hoy, mi querido Antonio, hace 25 años que el Jefe decidió que Carlos no daba abasto allí Arriba para cuidar a esta genial promoción de tenientes “echados p’alante” y que tú eras el indicado para echarle una mano. Una gran mano. Recuerdo que me impresionó la noticia. Unas prácticas de explosivos. De Infantería, básicas. No de Zapadores, no de EOD…, de Infantería. No sigo, que me cabreo y no es el momento… La explosión que te llevó, dejó a diez chavales del curso heridos. No sé por qué me da, conociéndote, que a más de uno de ellos le salvaste la vida. Por cierto, te acordarás de José Soto Chica, fue de los heridos más graves –perdió una pierna, la vista y, parcialmente, el oído–. Pues bien, ahora es doctor en Historia Medieval, profesor en la Universidad de Granada y escritor. ¡Y cómo escribe, el tío!

Antonio, te recuerdo metido en todos los “saraos”. En las coñas, ya fuera cantando villancicos o jotas –que el que vale, vale, aunque haya nacido en Altura (Castellón)–, en el pasillo de la Academia General o disfrazado de tendera de pechos enormes en el video genial que grabamos en la de Infantería. Pero también en las serias, como cuando diste el paso al frente para hacer las prácticas de 5º curso en la Compañía de Operaciones Especiales 7 de Palma de Mallorca, con la que cayó allí en aquel 1994… 

Pocos han podido hablar con Mari Paz –cada uno lleva el duelo como puede y sabes que si algo no queremos es ser motivo de tristeza para nadie, todo lo contrario–. Tampoco con tu hijo, Antonio. Estoy seguro de que lo que más te jodió de irte antes de tiempo, de todo lo que se esfumó en el humo de aquella explosión, fue no poder conocerle en esta vida. Espero que, como promoción, algún día nos podamos reencontrar con ellos. Sabes que tu Regimiento, el Córdoba 10, tampoco te olvida. Iba a hacerte un acto íntimo hoy, pero, de nuevo, el COVID se lo ha cargado. Con muchas restricciones, claro, pero allí iba a estar nuestro querido Fede en nombre de toda la promoción. Sí, otro “enano”, pero vale su peso en oro…

En fin, Antonio, no te entretengo más por hoy. Gracias por interceder por nosotros –sé que no te lo ponemos fácil­–. Dale una colleja cariñosa a Carlitos y nos vemos cuando el Jefe diga. El tiempo pasa y ya, en pie, enganchados y preparados en este avión que es la existencia, vamos acercándonos a esa puerta que nos lleva al salto de la muerte a la Vida. Sé que estarás esperándonos. Hablamos en el próximo acto, cuando, en el toque de oración, vuelva a fijar los ojos en el cielo con un nudo en la garganta… Cuídate, cuidaos. 

Un abrazo fortísimo de tu compañero, camarada y amigo,

 

Pedro.

viernes, 15 de enero de 2021

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 13

El aterrizaje en el Kandahar Airfield (KAF, en el sub-lenguaje NATO-americano) supuso también el aterrizaje en la cruda realidad del teatro de operaciones afgano. No es que tomásemos tierra, es que nos “jartamos” de ella. Polvo por todas partes –y no, precisamente, del que alguno está pensando–. El sur y el este de Afganistán, el famoso cinturón pastún, son las zonas más calientes y de mayor actividad de la insurgencia. En el sur, dos provincias destacan por su mala leche: Helmand y Kandahar. Y en esta última estaba yo, españolito de pro, con mis acompañantes americanos.

Lo primero que llama la atención de la base de Kandahar, aparte del jodido polvo que mencioné antes, es su tamaño. La población allí oscila entre 25.000 y 33.000 colegas, que ya es gente, en comparación con los cerca de 5.000 de KAIA. Por tener, tienen hasta líneas regulares de autobús que recorren la base. Salimos de la terminal aérea y allí estaba una comandante negrita, muy maja, que nos llevó en una Vanettedestartalada a la oficina de alojamientos (Billeting Office, en inglés). Allí descubrí otras de las características de KAF: es, junto a Bagram (BAF en el mismo sub-lenguaje), una de las bases de tránsito de las fuerzas norteamericanas. Eso significa que el 98% de los yankees que entran o salen de Afganistán por cualquier motivo lo hacen a través de estas dos bases. 

Nos alojamos en el “Hotel California”, una descomunal tienda protegida, camuflada en su exterior y que en su interior cuenta, en una nave diáfana, con 450 literas, una al lado de otra. Lo primero que sientes al entrar en el “Hotel California” es un puñetazo olfativo a humanidad, seguido de un frío de cojones. Lo del pestazo es normal: unos 900 colegas de su padre y de su madre formando un zoológico digno de ver. Tipos alegres que se van de permiso o final de misión, tipos tristes que se incorporan al teatro, heridos leves que mandan para casa…, y nosotros. De salida, los americanos se tiran allí entre uno y tres días, esperando hasta que llenan un avión con destino a los USA. Los movimientos intrateatro son más rápidos. El frío se debe a unos macro-aires acondicionados que están constantemente en funcionamiento y que sirven para mitigar un poco, más que el calor, el olor reinante. El frío y las luces, prácticamente toda la noche encendidas, hace que las literas “de abajo” sean las más cotizadas. Los alojados de larga duración se hacen “garitos” con mantas para tener un poco de intimidad y oscuridad. 

Me busqué una litera lo más aseada posible –no es un buen sitio para ser escrupuloso–, dejé el equipo y, con el armamento siempre encima, nos fuimos a la primera reunión del día. La forma de llevar el fusil es otra de las cosas que perfeccionas con la peña de la tribu. Nada de llevarlo a la espalda, cruzado en bandolera o como si fueras a la caza de la perdiz. Al contrario, siempre con correa de suelta rápida. Ese tipo de correas te permite liberar ambas manos, llevarlo relativamente ceñido en un lateral –a lo largo del muslo– o en el pecho y, en caso de necesidad, nada más tienes que apretar la suelta rápida y encarar. Nuestro HK la lleva, pero es un poco aparatosa, así que aproveché una tienda americana de cosas de matar que tienen aquí –enorme, por cierto– y me compré una. 

La sensación de andar por KAF me gustó. Ser el único español entre más de 30.000 colegas y pasear la propia bandera fuera de las zonas habituales para nuestras fuerzas, mola. Todos te miran, algunos te preguntan e, incluso, unos coreanos se hicieron una foto conmigo. Supongo que fue porque tengo también los ojos rasgados… Después, en vez de ir a cenar a uno de los comedores temáticos de la base –italiano, americano, tailandés, etcétera–, nos fuimos a un Friday´s. Sí, un Friday´s como el que podéis encontrar en los centros comerciales de cualquier gran capital, con su decoración sobre cine y sus camareras con minifalda. Me comí una hamburguesa que no se la salta un atleta amateur y una Coca-Cola light, que la camarera no dejaba que bajase de la mitad. Estuve a punto de pedir la Coca-Cola con vainilla, como en Pulp Fiction, pero me pareció de cateto. El momento de pagar fue curioso. La camarera fue pasando: uno le pagaba con tarjeta; otro en dólares con tickets de cartón –sólo se manejan billetes, las monedas se sustituyen por vales–; yo, en euros. Eso sí, a todos nos atendió con una amplia sonrisa. Claro, luego me explicaron, que, incluso aquí, se juega la propina, que es parte importante de su sueldo. 

El restaurante está en una zona espectacular de la base. Imaginaros la típica plaza de pueblo con soportales –Plaza Mayor de Madrid, por ejemplo–. Pues bien, eso es lo que tienen allí. En los soportales, elevados sobre el nivel del suelo, se ubican toda clase de tiendas, restaurantes, cafeterías, etcétera; y, en el centro de la “plaza”, hay un campo de fútbol de césped artificial con focos, una pista de jockey-hielo –de cemento, claro está–, mesas para tomarse unas birras, un gimnasio al aire libre y, bordeándolo todo, una pista de tartán. En dos palabras, como diría el gran Jesulín: “Im-prezionante”.

Después de otra tanda de reuniones, al día siguiente volamos en helicóptero a la Base Multinacional de Tarin Kowt, en la provincia de Uruzgan. Hicimos dos paradas en sendas COP (Combat Out Post, pequeñas bases, de entidad entre compañía y batallón, en mitad de la nada) para dejar a dos JTAC (Joint Tactical Air Controller, que son los pollos que guían los ataques desde el aire, siempre en mi equipo…) y, finalmente, aterrizamos en la base, liderada por Australia. Más polvo y más calor. Llegamos con un nivel de alerta alto que implicaba tener el armamento, chaleco y casco a menos de diez minutos de donde nos encontráramos. Eso, para nosotros, suponía llevarlo puesto. Allí, la mayoría de los locales sensibles ­–puesto de mando, dormitorios, comedores, etcétera– son verdaderos búnkeres. Nuestro dormitorio de transeúntes, por ejemplo, era un contenedor acorazado con apertura hidráulica. Podría parecer claustrofóbico, pero prima la seguridad y, además, se dormía fresquito. El comedor era una pasada. No sé de dónde coño las sacaban, pero la barra de ensaladas y frutas tenía de todo. Muchísimo mejor que en Kabul. Más reuniones, más visitas y a los dos días salíamos otra vez en un avión de malotes rumbo a Bagram. 

¡Ah, Bagram!, sí la de la famosa cárcel y los abusos que salieron a la luz en 2005. Otra época que tengo el placer de no conocer y espero que no se repita. Otra base espectacular. Allí estuvimos unas pocas horas y, entre reunión y reunión, pude curiosear dos aviones que, simplemente viéndolos en el suelo, son de los que te haces caquita. Son el A-10 Thunderbolt o Warthog y el C-130 Spectre

El A-10 es un avión “de Infantería”. Está diseñado para el apoyo aéreo cercano (CAS), especialmente el ataque a blindados, y por ese motivo es lento –560 km/h– y muy maniobrero a baja cota. Aterriza y despega casi “en cualquier recta”, tiene la firma térmica de un mechero y, aunque es muy vulnerable para una amenaza aérea, es un búnker volante para el fuego que puedan hacerle desde tierra –aguanta los disparos de 20 mm. sin muchos problemas y algunos de hasta 57 mm., las alas protegen sus motores al estar montados en la parte superior trasera y su único piloto va en una especie de “bañera” anti-todo de más de 500 kilos de blindaje forrada de nailon para evitar proyecciones–. Encima, está diseñado para poder volar con un solo motor, una sola cola, un elevador, la mitad de un ala arrancada y aterrizar sin haber desplegado el tren. En Afganistán no existe amenaza aérea, así que, para deshacer las cuevas en Tora Bora, los refugios de los talibanes o apoyar operaciones desde el aire, sus posibilidades de configuración y, sobre todo, su cañón, van de miedo. Casi se puede decir que, primero, diseñaron el cañón –el General ElectricGAU-8 Avenger, uno "pequeñito" de 30 mm., que en realidad son siete rotativos que alcanzan una cadencia de hasta 4.200 disparos por minuto– y alrededor le montaron un avión.

Al segundo lo he visto en acción en algunas de nuestras operaciones. También el CAS es su misión principal. Un eficiente sistema de armas controla cuatro cañones, dos de 25 mm., uno de 40 mm. y uno de 105 mm., tres de ellos pegaditos en el costado. Hay mil versiones, pero los de aquí tienen la pintura más oscura que los C-130 normales y su nombre les viene de que sus misiones suelen ser nocturnas. Cuando localizan un objetivo, vuelan en círculo sobre él –a izquierdas, por la posición de los cañones–. Los malos se esconden, se suben a los árboles, se hacen los muertos, se pegan a los muros o se meten en zanjas, pero nada escapa a su “vista” nocturna y os aseguro que, un disparo de 25 mm., te deja la uña negra, pero negra…, negra. La primera vez que lo vi en acción entendí por qué a veces tardan un par de días en confirmar la identidad del jackpot correspondiente –ya os comenté que ese es el nombre que se le da a los malos que son más malos que los demás. Están en una lista, denominada Joint Prioritized Effects List (JPEL), que se revisa semanalmente. Cuando un Spectre entra en juego, normalmente la escalilla corre unos cuantos peldaños…

En fin, esa semana danzando por el sur sirvió para estrechar lazos con mis compañeros norteamericanos y que ellos descubrieran que, aunque hablemos un inglés “raro”, los españoles somos tipos fiables. Os escribo después de mi despedida oficial. Es una ceremonia íntima y sencilla, en nuestro Centro de Operaciones. Tu jefe dice unas palabras, tú dices unas palabras, el gran jefe te da la medalla de la OTAN y un diploma y se acabó. En mi caso, el coronel segundo jefe, el norteamericano “Duke” del que os hablé hace unos meses, quiso ser él quien pronunciara las palabras de mi despedida. Fue un honor, porque él se despedía en el mismo acto, después de dos años de misión, pero así se lo pidió al que le correspondía, el coronel italiano jefe del Estado Mayor. Disparó al corazón, el muy cabrón. Que el tío más emblemático de ISAF SOF, un guerrero de verdad, me estuviera dedicando unas palabras tan elogiosas y cariñosas, me dejó tocado para mi discurso. Me emocioné –¡joder, me emocioné en inglés!– se me quebró la voz y se me empañaron los ojos. No me importó, porque no fui el primero, ni seré el último, al que le pasa cuando acaba su misión en un entorno de tantísima intensidad. Les dije lo duro que era ser español en la tribu sin botas “hermanas” combatiendo sobre el terreno; sólo las tuyas. Les conté cómo por ello había adoptado como propias a sus unidades, a sus chicos, que ya eran míos también. Les hablé de cómo me alegraba y me sentía orgulloso cada vez que una operación tenía éxito y de cómo rezaba por sus caídos y heridos en esos días grises de mi despliegue. Les dije, en fin, que había sido grande trabajar con ellos, pero que, para mí, era más grande todavía, y un honor, trabajar y ser uno más en lo que todos ellos representaban. 

Mañana, si el tiempo lo permite, volaré a Herat y, de ahí, a España. Por cierto, he tenido una última movida porque me querían dejar tres días sin armamento. He dicho que ni de coña. Al final, el general senior español se ha implicado y me ha autorizado a entregar mi armamento aquí, volar desarmado y que, según aterrice en Herat, me entreguen una pistola y dos cargadores hasta el día de salida. Que sí, que soy un “inflao” y todo lo que queráis, pero llevo seis meses viendo y viviendo cosas y lo último que me apetece es que, en un Green on Blue en mi último día, tenga que defenderme de un talibán “fumao” haciendo la postura del cangrejo –creo que esa era del Kama-Sutra, pero vosotros me entendéis… En fin, como dice un alemán de la tribu: “Todo en esta vida tiene un final…, menos la salchicha, que tiene dos”. Nos vemos pronto.

jueves, 14 de enero de 2021

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUE VIDA LLEVO! REGALOS DE AMIGOS

A veces en la red encuentras amigos que te hacen regalos. "Amigos desconocidos aún", como decía la canción de "Radio Futura" de mis tiempos jóvenes. Ese fue el caso de THE ECHO INDIA PODCAST (@echoindiapdcst), que pasó al formato podcast la mayoría de los capítulos de mi serie "Jesusito de mi vida, ¡Jesús, qué vida llevo!".


Aquí están sus enlaces:


TWITTER:

https://twitter.com/echoindiapdcst/status/1341897223966232578?s=21

SPOTIFY:

https://open.spotify.com/episode/1IfrtKUC5Yee7JsmmHUaOJ?si=_yTlK_ZaTzCAw4DBGA66ww

IVOOX:

go.ivoox.com/rf/62936477


Y ahora, el gran Aarón (@agarcim), que me regala esta genialidad que cuelgo aquí.



No tengo más que palabras de agradecimiento para ambos. Jamás pensé que mis escritos pudieran atraer más allá de lectores que tropiezan, por casualidad, con este blog o mis tuits. Jamás pensé que habría amigos desconocidos dispuestos a dedicar su tiempo en hacer cosas así. Y me abruma un poco, porque no lo merezco. 

Pero toda esta parte hecha pública de mi vida sólo tiene un sentido: rendir homenaje a todos aquellos militares que me han ido acompañando en estos más de treinta años, desde el primer soldado de reemplazo al último general, y a aquellos que son invisibles en las redes pero trabajan duro, día a día, al servicio de España.

Va por vosotros, hermanos de armas.


miércoles, 30 de diciembre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 12

Hoy quiero hablar de batallas que se libran dentro de otras, de esas interiores que sólo asoman cuando se pierden. La primera vez que le vi, una tarde allá por junio, parecía que quisiese arrancar la cinta de la máquina de correr. Negro, de mediana estatura, complexión normal, sienes plateadas en su pelo rizado –debió dejar atrás los cincuenta hace ya algún tiempo–. Iba perfectamente equipado para el personal training de acuerdo con la reglamentación americana: pantalón corto negro, camiseta gris y cinturón reflectante. Una toalla del US Army a un lado y una botella de agua al frente por todo acompañamiento. Nada de cascos de música. No se los permiten vistiendo cualquier uniforme, incluso el de gimnasia, aunque la mayoría los usan aquí. "Un sargento mayor de los buenos" –pensé–. Empapado en sudor, la respiración demasiado forzada y un gesto torcido en el rostro indicaban que llevaba un ritmo claramente superior a sus posibilidades. Desde mi posición privilegiada en una cinta detrás de él, me fijé mejor. Una leve cojera en su pierna derecha exageraba el balanceo natural de la carrera. Paró a los cuarenta y cinco minutos, limpió meticulosamente la máquina de sudor y se fue. No le he vuelto a ver por el gimnasio en todo este tiempo.

Hace ya dos meses, a las siete de la mañana, me crucé conél. Yo iba a coger el coche para dirigirme a una reunión en el ISAF HQ y él se acercaba trotando en el que supuse era su nuevo horario de gimnasia. No sé el tiempo que llevaría corriendo, pero su ritmo era lento e irregular y su cojera mucho más acusada que cuando le vi en el gimnasio. Pasó a mi lado, el mismo rictus desencajado en la cara, ese característico del que no está pasando un buen rato precisamente. Me quedé pensativo. Ese hombre no estaba simplemente corriendo. Nadie sufre así exclusivamente para mantenerse en forma. Desde entonces, alguna mañana más lo he visto. Siempre cojeando y siempre sufriendo.

El pasado domingo corrí la US Ten miller aquí, en Kabul. Hacía un día espléndido y cuando volvía a mi habitación le volví a ver. Estaba sentado en el bordillo de una acera, las manos sobre la cabeza ocultando su rostro. Llevaba su camiseta gris, nuevamente sudada, su pantalón negro y su cinturón reflectante a la cintura. No sé si tomó la salida, no le vi entre los escasos cien corredores que participamos, pero de lo que sí estoy seguro es de que, si lo hizo, no terminó los dieciséis y pico kilómetros de la carrera. Al pasar a su lado levantó la cabeza, me miró y pude ver con nitidez el amargo rostro de la derrota. En ese mismo segundo entendí que, fuera lo que fuese aquello contra lo que llevaba luchando estos meses, finalmente le había vencido. Me hubiera gustado decirle algo. Que, en el fondo, estamos juntos en esto. Decirle que es un honor compartir base y misión con luchadores como él, pero no lo hice. No fui capaz y creo que tampoco hubiera valido de mucho.

Esa es sólo una más de las "wars inside the war" que se libran todos los días en esta casa de locos. Todos combatimos aquí nuestros fantasmas particulares. Esos espectros de hálito helado que se acercan a tu cama o a tu saco cuando apagas el frontal. Son nuestros enemigos íntimos y con ellos nos batimos con desigual fortuna. El problema está en adónde pueden llevarte las derrotas consecutivas en esas pequeñas batallas personales. A los perdedores los identificas rápidamente. Gente como el pobre desgraciado que el otro día corría haciendo el avión en la calle paralela a la pista o el que se ríe, solo, sentado en un extremo de un comedor abarrotado o el que se pasa horas en cuclillas en el muro de un edificio con la mirada perdida en el infinito o el anciano contratista que desfila de un lado a otro o el alemán que el otro día se atrincheró con la “fusila” en un pasillo o.... Pensad que en bases como Bagram ya hay hasta “mendigos” –trabajadores de bajo nivel que se quedaron aquí colgados de la brocha y que saben que lo que hay fuera es indudablemente peor–.

Todos ellos están ahí, pero parecen invisibles. Debe de ser que, como cada vez veo menos, me fijo más. O puede que el resto vea lo mismo que yo y prefiera ignorarlo porque les incomoda, no lo sé. Son “carnaca” picada, a un saltito de morder el cañón y volarse la tapa de los sesos en un cuarto de baño. La base está llena de adhesivos con la leyenda "Stop suicide". Cada día que pasa entiendo mejor el porqué. En las fuerzas armadas norteamericanas, el número de suicidios ha superado el año pasado el de bajas en combate. Militares que perdieron su batalla personal, como ese corredor derrotado de mirada vítrea al que no olvidaré jamás.

martes, 22 de diciembre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 11

Sí, lo sé, estoy fallando. Me había comprometido conmigo mismo a colgar un artículo al mes durante mi despliegue en Afganistán, pero creo que no voy a ser capaz de cumplir. La posibilidad de quitarme horas de sueño para poder escribir algo digno se está convirtiendo, según pasa el tiempo, en una opción inviable. Pero antes de sucumbir, antes de tirar la toalla, quiero hacer un último esfuerzo. Pero no quiero gastar el que puede ser mi último cartucho con la mierda que rebosa a borbotones estos días en España. No. 

Precisamente ahora, cuando las piernas empiezan a flaquear en esta dura carrera de fondo, cuando no sabes si mirar hacia delante o hacia atrás, porque los dos extremos son desalentadores, cuando la vista se nubla por lo que ves, y por lo que no ves… Ahora, digo, quiero respirar hondo, ponerme de pie en la bicicleta, apretar los dientes y dedicar estas letras a mi mujer. Muchos, ella incluida, se sorprenderán con este artículo. No, no soy ni cariñoso, ni entrañable, ni sensible, pero creo que, de vez en cuando, debo recordarle que la quiero con locura. Y, sinceramente, después de trece años de matrimonio, ya toca. Y me sobran huevos para hacerlo públicamente. Ella está allí, en su guerra particular del día a día, una guerra mucho más dura que la mía. Yo me puedo permitir el lujo de desaparecer, ¡boom! o ¡pum! y ¡ale!, destinado a un tour of duty en la eternidad. Pero ella no, ella está obligada a vivir, porque ahora todo cuelga de sus espaldas. Y no sólo eso, encima ella es la que me sostiene, me impulsa, me anima, reanima y protege. Ella es mi alegría, mi esperanza, mi añoranza, mi deseo, mi principio y mi final. Ella es la que me da la fuerza para empezar, para luchar, para seguir, para levantarme una y otra vez y para terminar. En fin, ella es mi vida entera y sin ella, nada de lo que haga o diga tendría sentido.

foto: www.elmundo.es

Por eso hoy he decidido dedicarle este cuento. No es mío, es de un autor anónimo, y son varias las versiones que circulan por la red. Se titula “When God created the military wife”. Después de darle vueltas, he decidido poner una versión de las que hay en inglés y la traducción en español. Como no me gustan las que he leído, he decidido traducirla yo. Traducción y versión libre y mía, ¡porque sé mejor que nadie lo que quiero decir! Va por ti…, porque te “Ailoviu”.


When the Good Lord was creating a model for military wives, He ran into His sixth day of overtime. An angel appeared and said, "Lord, you seem to be having a lot of trouble with this one. What's wrong with the standard model?". The Lord replied, "Have you seen the specs on this order? It has to be completely independent, but must be called a dependent and must be sponsored to get on a military base. It must have the qualities of both mother and father during deployments, be a perfect host to 4 or 40 with an hour’s notice, run on black coffee, handle every emergency imaginable without an appropriate manual, be able to carry on cheerfully, even if she is pregnant or has the flu, and she must be willing to move to a new location 10 times in 17 years. It must have a kiss that cures anything from a child's bruised knee to a husband's weary day and have the patience of a saint when waiting for the squadron to come home and have six pairs of hands". The angel shook her head slowly and said, "Six pairs of hands? No way". The Lord answered, "Don't worry; we will make other military wives to help her. Besides, they're not the hands what are causing the problem, it's the heart. We will give her an unusually strong heart so it must swell with pride in her husband, sustain the aches of separations, beat soundly even when it is overworked and feels too tired to do so, be large enough to say 'I understand' when it doesn't, and say 'I love you', regardless. "Lord," said the angel, gently touching His arm. "Go to bed and get some rest. You can finish it tomorrow". "I can't stop now", said the Lord. "I'm so close to creating something unique.  Already I have one who heals herself when she's sick, can feed six unexpected guests who are stuck due to bad weather, and it can wave goodbye to its husband understanding why he had to leave." The angel circled the model of the military wife very slowly, looks at it closely and sighed. "It looks fine, but it's too soft", she sighed. "She must look soft, but she has the strength of a lion", the Lord said excitedly. "You would not believe what she can endure." Finally the angel bent over and ran her finger across the cheek of the Lord’s creation. "There's a leak," she said. "Something is wrong with the construction. You were trying to put too much into this model. The Lord appeared offended at the angel’s lack of confidence. "What you see is not a leak", said the Lord. "It's a tear". "A tear?, What is it there for?" asked the angel. "It's for joy, sadness, pain, disappointment, loneliness, pride and a dedication to all the values that she and her husband hold dear". "You are a genius," exclaimed the angel. The Lord looked sombre and replied "I didn't put it there”.

Se encontraba el buen Dios inmerso en la creación de un prototipo denominado “mujer de militar”, cuando entró en su sexto día de trabajo extra. No lograba rematar la tarea. Apareció entonces un ángel y le dijo: “Señor, parece que estás teniendo muchos problemas con este diseño. ¿Qué tiene de malo utilizar también para esto el modelo estándar de mujer? Dios respiró hondo y le contestó: “¿Has visto acaso, piltrafilla, las especificaciones de este pedido? Tendrá que ser totalmente autónoma y, a la vez, ser capaz de representar el papel de “mujer de” que tantas veces le asignarán. Tendrá que ejercer las funciones de padre y de madre durante los despliegues, las maniobras y los servicios; hacer sus mil tareas y, al acabar, convertirse en la perfecta anfitriona, con menos de una hora de preaviso, para cuatro o para cuarenta; hacer frente, sola, a mil emergencias inimaginables sin contar con libro de instrucciones alguno, funcionar a base de café solo y, además, todo con alegría, incluso embarazada o enferma porque no podrá permitirse el lujo de parar y, en medio de todo eso, estar dispuesta a mudarse nueve veces en trece años. Tendrá que tener siempre preparado un beso que lo cure todo, desde la rodilla raspada de su hija a los días de frustración y decaimiento de su marido; en cuanto tenga oportunidad, tendrá que salir a trabajar también fuera de casa porque, con un sueldo, pasarán estrecheces. Tendrá que tener la paciencia de una santa mientras espera tener noticias de su marido, pero sabiendo que, a veces, es mejor no tenerlas. ¡Ah! Y tendrá que tener seis pares de manos”.

El ángel movió despacio la cabeza y finalmente exclamó:“¿Seis pares de manos? ¡De ninguna forma!”. El Señor, respirando hondo de nuevo, respondió: “No te preocupes, haremos otras mujeres de militares que le ayudarán. Además, no son las manos las que me están causando problemas, es el corazón. Tenemos que dotarla de un corazón especialmente fuerte, ya que tendrá que hincharse de orgullo, a pesar de todo y de todos, por lo que su marido es; aguantar el dolor en las separaciones; soportar las frases como ’ya sabías con quién te casabas…’, y latir potente y profundo aun cuando esté sobrecargado y se sienta sin fuerzas para hacerlo. Tiene que ser lo suficientemente grande para decir ‘lo entiendo’ cuando no es así, y ‘te quiero’ a pesar de todo”.

“Señor –dijo el ángel agarrando suavemente su brazo–, váyase a la cama, descanse un poco y ya lo acabará mañana”. “No puedo parar ahora –contestó Dios–. ¡Estoy tan cerca de crear algo único! Ya he conseguido que sea capaz de curarse a sí misma cuando cae enferma; de alimentar y cobijar a seis huéspedes inesperados y de decir adiós a su marido sin tiempo de hacerse a la idea de que tiene que irse”. 

El ángel rodeó el modelo caminando muy despacio y, mirándolo muy de cerca, suspiró. “Parece excelente, pero es demasiado débil” –dijo balanceando la cabeza de un lado a otro–. “Puede parecer delicada, pero tiene la fuerza de una leona –exclamó Dios apretando los puños–. No podrías creer lo que es capaz de soportar”. Finalmente, el ángel se inclinó y acarició la mejilla de la creación del Señor. “Tiene una filtración –dijo no sin cierto punto de satisfacción–. Algo ha ido mal en el ensamblaje. Ya le dije que estaba intentando meter demasiadas cosas en este prototipo”.

Dios frunció el ceño ante la aparente falta de confianza del ángel. “Lo que estás viendo no es una filtración –dijo el Señor apretando los labios–. Es una lágrima”. “¿Una lágrima? ¿Y para qué está ahí?”, preguntó el ángel. “Está para las alegrías, las tristezas, el dolor, la desilusión, la soledad, el orgullo y es, además, un recordatorio de lo que, a veces, conlleva ser fiel a unos valores”.

“Eres un genio”, exclamó finalmente el ángel. “No. Soy Dios” y, mientras bajaba su Divina Mirada, sombrío, añadió: “Pero yo no la puse ahí”.

 

viernes, 18 de diciembre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 10

“Good evening Sir, good evening all”, –así empiezo cuando me toca brifear en la actualización al general de cada tarde. Informal pero educado– Qué mejor inicio, también, para este artículo…

Llegué de Herat con tiempo suficiente para dejar los calzoncillos pegados en el techo, darme una ducha, cambiarme de uniforme, meter un par de mudas nuevas en la mochila y, sobre todo, pasar al modo tough guy. Nunca he dudado de mi profesionalidad, pero con mis nuevos compañeros de viaje lo último que te apetece es cometer la típica cagada de "nasío pa matá". El selecto grupo que íbamos a viajar al Mando Regional Sur, en pleno cinturón pastún, estaba formado por ocho tenientes coroneles y comandantes norteamericanos de la tribu..., y yo. Todos ellos con los huevos más negros que mi alma, con despliegues en Irak, Afganistán, Sudamérica y África. Y todos, menos el teniente coronel médico, más jóvenes que yo. En fin, esto último es lo que tiene la envejecida “mili” de España. Me considero un tipo de campo más que de despacho —aunque sea frente a un ordenador donde llevo los últimos ocho años, pintándome la cara con Tippex para camuflarme entre los papeles que te comen en este eterno empleo de comandante— y sé que sólo del roce con esta peña aprendes un huevo de cosas. 

También aproveché para cambiar mi chaleco antibalas por el portaplacas del capitán del Escuadrón de Zapadores Paracaidistas del Ejército del Aire que está conmigo —lo diseñaron y compraron ellos y es una virguería–. Un portaplacas con protección en zonas vitales de pecho y espalda únicamente, pero que permite máxima movilidad, es la protección de operaciones especiales por antonomasia; mientras que un chaleco antibalas, que protege también cuello, hombros, costados y genitales, da más oportunidades de supervivencia, pero a costa de la movilidad. El que nos dan aquí, del Ejército de Tierra, te permitiría competir en un torneo medieval con grandes garantías de éxito. Está bien para situaciones estáticas o de movimientos lentos, tipo patrulla, pero no para saltar en manual, hacer Fast Rope o entrar rappelando por una ventana. Como el resto de la tribu lleva portaplacas, en cuanto puedo le doy el “cambiazo” al pobre capitán, que está atado al turno de noche del Centro de Operaciones y sale menos que una monja de clausura. Sí, madre, lo sé, me pueden hacer más pupita, pero no voy como el hombre de hojalata del Mago de Oz… 

Respecto al uniforme, nosotros acabamos de instaurar el uniforme de patrón árido conjunto que, por supuesto, ellos ya han desechado. Utilizan un patrón único que se llama Multicam que no sabéis lo bien, lo bien que mata, aquí o en las selvas de Colombia. Cómo será, que el mismo uniforme lo utilizan, en la tribu, australianos, británicos, neozelandeses, polacos, noruegos, portugueses y alguno más que se me escapa. Los italianos tienen también un camuflaje multiterreno pero se lo han diseñado ellos y no pagan la patente al fabricante. No os contaré las miserias del nuestro para no dar penita. Somos una potencia textil, pero abaratamos tanto los costes en los concursos que rozamos el ridículo.

Todo en su uniforme está hecho por algo y ese algo está relacionado con el combate. Bolsillos amplios, con cierre de verdad y accesibles desde la posición de sentado o con el chaleco puesto —como sueles ir en un blindado o en un helicóptero—; porta-bolígrafos en el antebrazo, por lo mismo; velcros amplios para los parches, no los de unidad, los tácticos, como el grupo sanguíneo, el puesto en la patrulla o los de identificación IR; y botones grandes, cremallera o velcro, dependiendo del sitio, para facilitar el acceso –los mini-botones de la bragueta del nuestro son de coña: tardo media hora en desabrocharlos en verano y en el aseo, así que, en invierno, en mitad del monte, aterido de frío o con guantes, me puedo dar por meado. En fin, me pondré un dodotis–.   

Os contaré un detalle más de su uniforme. Uno importante.Todos sabéis lo que es un torniquete. Sí, la cuerda y el palo que se aprieta por encima de una herida abierta en un miembro y evita que un colega se desangre. Este gran invento se desechó hace años de los primeros auxilios "civiles" por la reducción en el tiempo de reacción de las emergencias y el peligro de gangrena que supone. Pues bien, nosotros lo llevamos en el botiquín individual de combate —un nuevo botiquín francamente bueno, un acierto de compra, pero con el que hay que estar perfectamente familiarizado e instruido en su uso para que sea efectivo. Alguno de los que anda por aquí podrían llevar una fiambrera con chóped en su lugar, que les sería más útil en caso de necesidad—. Ellos, los yankees, lo llevan suelto y por pares: uno en el bolsillo del hombro y otro en un bolsillo en la pantorrilla diseñado al efecto. La del lado contrario precisamente. Con esta "tontería" han aumentado la tasa de supervivencia de su gente en más de un 20%. Es raro que te vuelen los cuatro miembros a la vez y, posiblemente, en ese caso necesitarías mucha cinta aislante más que torniquetes. En cambio, que te inutilicen un costado completo, sobre todo en caso de explosión de un IED, es relativamente común. De esta forma aseguran tener siempre un torniquete disponible. Además, practican su colocación hasta la saciedad y en las situaciones más inverosímiles —dentro de un armario, por ejemplo—. Por supuesto, lo llevan configurado para colocárselo con una sola mano. Así que cuando vi que uno de mis compañeros de viaje llevaba en el chaleco sólo unas tijeras de cirujano, guardé un respetuoso silencio. A saber qué coño habrá vivido ese tío en su vida anterior...

Llegué a la terminal y allí estaban ya mis chicos esperándome. Sólo conocía personalmente a tres, que me saludaron calurosamente. El resto, educados pero fríos. Ya sabéis, la marca de la tribu. Esa sería mi primera misión del viaje: ganármelos para la causa. Cogimos nuestros trastos y nos dirigimos a facturar —yo resoplé pensando en tener que despelotarme otra vez en el escáner e imaginándome al jodido bodoque alemán con unos guantes de látex para ver si llevaba una granada metida en el culo—. En el mostrador, la misma tía-güena. Jack, un americano de ojos rasgados y origen filipino, se acerca y le dice: "Hola, vamos en el vuelo 'Romerales', somos nueve" —obviamente el vuelo no se llamaba "Romerales", sino un nombre clave muy cool que no puedo poner aquí—. "Ok" —dijo la eslava colocándose las tetas (en realidad tampoco se las colocó, pero me hubiera gustado y, además, le da al relato un toque erótico-festivo muy majo)—. A continuación, fuimos enseñándole la documentación, comprobó que estábamos en el manifiesto de carga que le habían pasado y, lo mejor, fuimos pasando por el arco sin quitarnos un gramo de equipo: "¡piiiiii!", ¡piiiiiii!, ¡piiiiiii!, ¡hi, bodoque!, ¡piiiiiiii! El alemán empezó a guiñar rápidamente el ojo derecho. Otra vez. Me fijé y creo que ya no le quedaban pestañas. ¡Piiiiii! y salimos directamente a una tienda grande que hay preparada a pie de pista. "¡Es bueno ser de la tribu!" —pensé—. Estuvimos un rato esperando hasta que aterrizó un avión blanco, pequeño, no más de 30 plazas. Bimotor a hélice. "No me lo creo" —pensé de nuevo—. ¡Yo que esperaba el C-130 gris típico de aquí, con los asientos de red incómodos como la madre que los parió y un ruido del infierno!

Pues sí, cogimos el equipo y allí nos subimos. Asientos decuero y tres colegas de paisano —look contractor de los chungos— como tripulación, que perfectamente podía haber tirado a un talibán poco hablador sobre el Hindu Kush en el tramo anterior. Despegue al uso en la zona y una hora de vuelo hasta Kandahar. Un problema que existe en el sur y oeste de Afganistán son las tormentas de arena. Seguramente no sean exactamente eso, pero el "hombre del tiempo" que tenemos aquí lo define como dust(polvo) e influye mucho en las operaciones aéreas, especialmente en el uso de drones. Pues, como decía, nos acercábamos ya a Kandahar —yo dormitaba en el segundo asiento y la cabina de los pilotos estaba abierta—, cuando iniciamos el descenso. No sé dónde leches nos metimos, ese puto dust era todo lo que veía por la ventana, pero el avioncito empezó a pegar unos botes de cojones. Y, entre bote y bote, una chicharra estridente sonaba en la cabina de los pilotos. Abro los ojitos y busco la mirada tranquilizadora de la azafata... Pero, ¡joder!, aquí la azafata era un mostranco con tatoos hasta en los ojos, que leía una revista de harleys y tías buenas. "Bueno, si está leyendo, es que debe de ser normal que se esté desmontando el avión, suene esa chicharra y nos estemos desplomando sobre el universo-mundo" y volví a cerrar los ojitos, sin que el menor rastro de preocupación saliera del interior de mi cuerpo, mientras le pedía al Niño Jesús que nos llevara con bien a tierra, aunque todavía no tuviera carné. Y así fue, a los pocos minutos, aterrizábamos en la descomunal base estratégica de Kandahar. 

Para mí había sido un vuelo muy interesante pero, como todo en la vida, depende del color del cristal con que se mira. Estoy seguro que el “azafato” de los tatoos esa noche le escribió a su mujer: "Otro puñetero día viajando. Tiramos al memo de turno a 25.000 pies de altura y se nos quedó enganchado en la puerta. No había forma de soltarlo, ¡qué lapa! Luego recogimos a una panda en Kabul. Había un español en el segundo asiento que se le hacía una pompa en la nariz cuando roncaba. Me estaba poniendo de los nervios. Tuve que ponerme a leer una revista de harleys porque iba a levantarme a darle una piña. Luego la mierda del polvo al aterrizar en Kandahar y el tonto-pollas de Johnny que se quita el cinturón de seguridad y hace sonar la chicharra. Todos los días igual. Esto es el puto día de la marmota. Un beso cariño". En fin, es lo que hay. Sentí la satisfacción de no haber movido un músculo durante la fase “coctelera polvorienta” del vuelo. Tampoco dejé escapar el correspondiente suspiro de alivio ni que, como ocurre en otros vuelos en los que te bajas en marcha, el aire buscara otra vía de escape menos noble. Luego ya, lo que en Kandahar pasó, es otra historia...

jueves, 10 de diciembre de 2020

JESUSITO DE MI VIDA, ¡JESÚS, QUÉ VIDA LLEVO! CAPÍTULO 9

Regalo de mi hija la noche antes de venirme a Afganistán.

Dije hace algunos meses que tenía que escribirle unas líneas a mi hija y aquí estoy, sentado delante del ordenador, dispuesto a ello. No es fácil, porque aunque siempre escribo impulsado por sentimientos, en este caso están haciendo que se me nuble la vista y me tiemblen las manos sobre el teclado. Casi cinco meses de misión y, por qué no, la edad, están pasando factura a mi otrora duro corazoncito. Nos conocimos en la ciudad china de Nanning hace ya seis años. Recuerdo que mi mujer y yo la reconocimos de inmediato en cuanto entró en la sala en brazos de su cuidadora. Era la más pequeña de todas, once meses, y desde la seguridad de su atalaya humana observaba curiosa el espectáculo. No lloró en ningún momento. Aceptó los brazos de su madre, tranquila, los ojos bien abiertos, ajena a los llantos que la perspectiva de cambio había provocado en sus compañeras de orfanato. No imaginé ni remotamente lo que me esperaba, aunque debería haberlo hecho: esa pequeñaja de ojos sorprendentemente redondos, negros y profundos, boca desdentada pero de labios perfectos, naricilla de botón y aparente fragilidad, escondía la fortaleza de carácter de un monje Shaolin. Y la iba a necesitar, porque “papá comandante” tampoco es un tipo fácil…



Después de siete años de matrimonio, la llegada del nuevo miembro al núcleo familiar requirió un esfuerzo por parte de todos, perros incluidos, y supuso las mayores discusiones de nuestra vida de pareja. Teníamos todo hablado, preparado, estudiado, diseñado y casi hasta ensayado, pero no, nuestra peque nos dejó claro desde el primer momento que íbamos a tener que poner toda la carne en el asador si queríamos sacar adelante nuestro proyecto familiar. Recuerdo una de mis frases desafortunadas a los pocos días de regresar a España. Después de una hora y media de lucha, Clara acababa de vomitar la cena con todo éxito (lo típico: padre emperrado en que su hija se termine la papilla, hija que considera que ya es suficiente, padre que decide que tres cucharadas más, hija que le avisa con una arcada, padre que ignora el aviso y le da una última cucharada, padre que levanta los brazos triunfal, hija que mira fijamente a su padre, padre que mira fijamente a su hija bajando lentamente los brazos y borrando su estúpida sonrisa de ganador, padre que empieza a repetir “no, no, no”, madre que pregunta: “¿no, qué?”, madre que mira a padre, madre que mira fijamente a su hija, perritos que acuden a ver qué pasa, madre que empieza a repetir “no, no, no” desfasada π medios de los “no, no, no” del padre, hija que abre la boca como un pez, segundos interminables tipo Matrix, hija que finalmente vomita toda la cena como si fuera un surtidor, madre que echa la bronca a padre, hija que respira aliviada, padre que se desespera, perritos contentos con la recena, madre e hija que se van al baño y padre que se pone a limpiar el vómito cagándose en todo lo que se menea, de nuevo, perros incluidos). No sé el contexto exacto, pero recuerdo que con el pantalón todavía vomitado y la fregona en la mano miré a mi mujer y dije algo así como: “Me tienes que dar tiempo, el amor nace del roce y ella acaba de llegar”. En ese momento Monty y Ike, que diligentemente me habían ayudado en mi desagradable tarea de limpieza doméstica, pasaron a mi lado y sentencié, cagándola como sólo los hombres de verdad podemos hacerlo: “Ahora mismo, en mi escala de cariño, ellos están por delante”. Sentí cómo la mirada de mi mujer me atravesaba, rebotaba en la pared y se me clavaba en la nuca. Pocas veces he estado tan cerca de sufrir una “salvaje agresión” como esa vez y, posiblemente, nunca con tanta razón.

Pero el tiempo pasa y, en efecto, del roce nace el cariño, el amor y la pasión y ahora me dejaría arrancar la piel a tiras sólo por un “abrazo fuerte” de los suyos. Porque ella no se imagina lo que significa para mí que me dé la mano durante los paseos, ver una película juntos “recauchutados” los tres en el sillón, que se meta con nosotros en la cama a no dejarnos dormir o que me ayude los viernes a hacer la pizza de la cena. No se imagina lo orgulloso que me siento cuando la veo leer por la noche, recostada en su cama como si fuera un adulto relajándose después de un día de trabajo; o hablar y escribir en inglés; o montar en bicicleta; o caerse, una y otra vez, con sus patines puestos; y, una y otra vez, volverse a levantar. No sabe cómo echo de menos aquí rezar cada noche con ella, sentado al borde de su cama, pasar antes de acostarme a arroparla y darle el último beso del día muy suavecito para no despertarla, hacerle cosquillas hasta que se le salten las lágrimas de tanto reír o ponerle la crema por las mañanas, aún medio dormida, antes de irme a trabajar. No se imagina que la oigo cómo se levanta los días festivos, despacito para no molestarnos, se pone su bata rosa y se va al salón a ver los “dibus”, en inglés, independiente y autosuficiente.


No, no es la mejor, ni la más lista, ni la más guapa, ni la más obediente. Pero es mi chica, mi “gordi”, mi punto débil y le arrancaría la tráquea sin dudar un segundo al que siquiera pensara en hacerle daño. Y eso que sabe que conmigo tiene poco margen, que nada más le falta el gorrillo para funcionar como una cabo de la Legión. Nos comería por los pies si no lo hiciera así. Nadie me ha sostenido la mirada como lo hace ella cuando la regaño. Nadie. La he visto, cuando todavía casi no levantaba ni un metro del suelo, comerse una bronca con azote incluido, dirigirse despacio a su cuarto sin derramar una sola lágrima, cerrar la puerta y allí, sin testigos, explotar en llanto. No se permite el lujo de que la vean vencida…, salvo cuando le interesa en su refinada estrategia de manipulación. No será nada fácil el futuro que le tocará vivir y yo, puede que equivocado, he decidido “armarla” para ese futuro a costa de no ser el “papá colega” que seguro ella hubiera preferido y que tan de moda está ahora. Disciplina y esfuerzo, pero también flexibilidad y cariño. Cooperación, familia, respeto y verdad. Unidad en lo bueno y en lo malo. Sabe quién es y de dónde viene, igual que sabe que su padre no está repartiendo “bollicaos” en Afganistán.


A ella le dedico esta oración, traducción libre de la escrita por el general norteamericano Douglas MacArthur[1]Porque llegará un momento en que tendrá que luchar sola en esta perra vida… Pero, no todavía… No todavía…


Dame, ¡oh Señor!, una hija que sea lo bastante fuerte para saber cuándo es débil y lo bastante valiente para enfrentarse a su propio miedo; una hija que sea orgullosa e inflexible en la derrota honrada, y humilde y magnánima en la victoria.

Dame una hija que nunca doble la espalda cuando deba levantar la cara; una hija que sepa conocerte a Ti. Condúcela, te lo ruego, no por el camino cómodo y fácil, sino por el camino áspero, aguijoneado por las dificultades y los retos. Allí déjala aprender a sostenerse firme en la tempestad y a sentir compasión por los que fracasan.

Dame una hija cuyo corazón sea limpio, cuyos ideales sean altos; una hija que se domine a sí misma antes de que pretenda dominar a los demás; una hija que aprenda a reír, pero que recuerde cómo llorar; una hija que avance hacia el futuro, pero que nunca olvide el pasado.

Y después de darle todo eso, agrégale, te lo suplico, suficiente sentido del humor, de modo que pueda ser siempre seria, pero que no se tome a sí misma demasiado en serio. Dale humildad para que pueda recordar siempre la sencillez de la verdadera grandeza, la flexibilidad de la verdadera sabiduría, la mansedumbre de la verdadera fuerza.

Entonces yo, su padre, me atreveré a murmurar: “No he vivido en vano”.





[1] Como ocurre otras veces, he encontrado varias versiones de la oración del general MacArthur. El original que he utilizado es el siguiente:
Build me a son, O Lord, who will be strong enough to know when he is weak, and brave enough to face himself when he is afraid; one who will be proud and unbending in honest defeat, and humble and gentle in victory. Build me a son whose wishbone will not be where his backbone should be; a son who will know Thee….Lead him, I pray, not in the path of ease and comfort, but under the stress and spur of difficulties and challenge. Here let him learns to stand up in the storm; here let him learn compassion for those who fail. Build me a son whose heart will be clean, whose goal will be high; a son who will master himself before he seeks to master other men; one who will learn to laugh, yet never forget how to weep; one who will reach into the future, yet never forget the past. And after all these things are his, add, I pray, enough of a sense of humor, so that he may always be serious, yet never take himself too seriously. Give him humility, so that he may always remember the simplicity of greatness, the open mind of true wisdom, the meekness of true strength. Then I, his father, will dare to whisper, “I have not lived in vain.”